Ella, la que abortó, no es un monstruo, es mi amiga

«Un millón de mujeres abortan cada año en Francia.

Ellas lo hacen en condiciones peligrosas debido a la clandestinidad a la que son condenadas cuando esta operación, practicada bajo control médico, es una de las más simples.

Se sume en el silencio a estos millones de mujeres.

Yo declaro que soy una de ellas. Declaro haber abortado.

Al igual que reclamamos el libre acceso a los medios anticonceptivos, reclamamos el aborto libre.» 

Simón de Beauvoir, 1971

También es la mujer que está a su lado, su compañera de oficina con la que comparte más tiempo que con su familia, su prima con la que se levantó a punta de juegos en la calle, su hermana con la que compartía la ropa a regañadientes, su tía la que le lidiaba los berrinches, su mamá quien lo tuvo a usted independientemente de que haya sido esa su voluntad, pero que no por eso tiene que repetir la historia si no quiere… Esta vez se trata de una persona que he tenido cerca desde hace muchos años, no es un monstruo, es mi amiga.

En este caso, se me ha otorgado el don de la vocería, facultad con la que no contamos todas las mujeres y por eso viene siendo hora de que rompamos el silencio y normalicemos alzar nuestra voz.

Recuerdo que llevaba vario tiempo sin hablar con mi amiga, cuando nos volvimos a ver me contó que estaba viviendo en Bogotá con su novio, de quien se había enamorado realmente por primera vez.

–Estamos enamorados –me dijo y de forma seguida me miró con ojos de querer contar algo más–. Tuvimos un aborto.

En ese momento recordé que era la segunda historia de aborto que me era confiada de primera mano. La primera vez yo tendría 13 años y ella 14 aproximadamente. Mi prima tenía un noviecito, nadie nos explicaba nada en la familia, todas vivíamos en el mismo barrio y sentadas en un andén me contó que se había tomado unas pastillas para abortar, unas se las introducía en la vagina y las otras en la boca. En esa época todo era un gran misterio.

De igual manera procedió mi amiga, usó el mismo método de las pastillas. Ella acudió al misoprostol, medicamento que le facilitó un médico con el que se había conocido en Tinder y se habían hecho amigos. Recordó que él siempre le había expresado su preocupación por los embarazos adolescentes y que siempre ofrecía con cierto temor la opción médica del misoprostol a los padres de las jovencitas embarazadas que atendía en consulta. 

–Él fue la persona a la que acudí finalmente para que me suministrara el medicamento –me comentó–, no se me ocurrió acercarme personalmente a una farmacia y mucho menos pensé en Oriéntame, una fundación de la cual había escuchado, pero el solo imaginar la asistencia a una clínica a que me realizaran un legrado me causaba pavor, un espanto terrible –añadió.

El papá de mi amiga es un médico jubilado, en la casa de ella siempre hubo acceso al conocimiento de la salud. Cuando estábamos en el colegio jugábamos con los tarritos de vidrio transparentes que contenían fetos, una vez dejamos caer uno al piso y nos tocó echarle la culpa a Matías, el frespuder de la casa, a quien le pasaban por alto cualquier travesura. Mi amiga había escuchado tantas historias que su padre le contó durante la infancia de forma descarnada sobre legrados, que acudir a un procedimiento quirúrgico de esa índole no era la opción que preferiría.

Los síntomas de embarazo empezaron cuando mi amiga después de llevar un mes y medio de noviazgo y en pleno idilio amoroso, empezó a sentir incomodidades vaginales. Al principio ella creía que se trataba de un hongo o cualquier infección vaginal rutinaria. Asistió donde su médico especialista en ginecobstetricia, un señor de más de 60 años, quien le hizo un tacto, le envió unos exámenes de sangre y le ordenó una ecografía.

–Mi querida pandeyuca –así le decía el médico a mi amiga, y seguro que a todas sus pacientes–, tengo la duda entre un embarazo ectópico y un quiste de ovarios.

Esa misma semana, mi amiga asistió a la realización de la ecografía, la médica radióloga le preguntó el motivo de la consulta y ella le contó que probablemente tenía un quiste de ovario.

–¡Felicitaciones!, –le dijo la radióloga con gran entusiasmo, mientras le realizaba el examen– pues sí tienes un quiste…, pero vas a ser mamá.

Cuando mi amiga hizo cara de pan viejo, como dice ella, la médica guardó silencio y le entregó los resultados. Tenía seis semanas de embarazo. Su novio estaba en el primer piso esperándola. Cuando mi amiga salió del consultorio y terminó de bajar las escaleras, se emperró a llorar sobre sus brazos.

–Estamos muy embarazados –le dijo mi amiga con ese toque de exageración que la caracteriza, pero con una certeza que la aturdía.

Mi amiga volvió donde el especialista en ginecobstetricia, quien al ver los resultados le dijo que no le podía operar el quiste mientras estuviera embarazada. Cuando ella le expuso que no quería estarlo, el muy pandeyuco le dijo que no había nada qué hacer. 

En esa parte comprendí que todo sobre el aborto sigue siendo no solo un misterio sino un tema de ignorancia que pasa por la paciente hasta el profesional de la salud que se supone tiene el conocimiento científico al respecto. El aborto está reconocido como un derecho humano por la ONU y aún hay especialistas en Colombia que facturan más de 500 millones al año e ignoran sobre el tema.

Las pastillas se las tomaría mi amiga una semana después de haber obtenido el resultado del embarazo. 

–No era fácil –me contó–, nada lo era. Antes de tomarme las pastas, tuve que viajar a Valledupar por trabajo. Absolutamente todo me producía náuseas –mientras me contaba, hacía gestos de arcadas–. Era abril, en esas fechas estaban en el Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar, ¡qué festival ni qué ocho cuartos! –finalizó diciéndome–: el mío era el festival del vómito. 

Mi amiga regresó un sábado a Bogotá. La cajita de misoprostol que le había enviado su amigo médico contenía 7 pastillas exactamente iguales, solo que 4 eran sublinguales y 3 eran vaginales. Siguió las especificaciones de la parte trasera de la caja y esa noche se acostó a dormir con su novio. Aproximadamente a las 12 y media de la madrugada le empezaron a dar una especie de contracciones o cólicos menstruales, según ella lo expresa, además de que el vómito permanecía como su fiel amigo. Según lo que me cuenta, es una noche que recuerda entre cólicos, gatear para que mermara el dolor –según lo que siempre le había aconsejado su papá para los cólicos menstruales–, dormir en tanto podía, vomitar y su novio al pie del cañón, durmiendo menos que ella. 

Me cuenta que al día siguiente se sentía un poco molida. Le llegó el periodo, el cual duró más de lo común pero tuvo un aspecto normal. Ocho días después asistió a Oriéntame, la fundación a la que no acudió en principio, pero en la que ahora le realizarían una ecografía de control y un examen de sangre.

–Ya no estás embarazada –dijo la médica de Oriéntame–, ni tampoco tienes rastro de algún quiste, solo aparece un tejido que se va a ir desprendiendo poco a poco. ¿Cómo te sientes tú? –le preguntó la médica a mi amiga.

Ella le respondió que se sentía muy bien y se marchó.

Una semana después, mi amiga empezó a sentirse muy mal físicamente, tenía dolor de huesos, desaliento, dolor de cabeza, fiebre. Decidió acudir a urgencias porque tenía unos síntomas mucho peores a los que había tenido por el aborto.

–Efectivamente, señorita, tiene chikunguña –aseveró el médico de urgencias–. Debe cuidarse.

Luisa Fernanda Ortegón Sepúlveda

alejandra02molina@gmail.com

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