Viviendo en una novela de Juan Emar

¡Ved, sentid, la novela deliciosa que cada una de vuestras vidas va escribiendo al pasar!

                                                                                                                 Álvaro Yáñez

Un par de días atrás, oí comentarios sobre que los escritores de novelas, estarían incursionando, cada vez más, en el género de las series. La posibilidad de volcar su talento creador en una serie, los estaría seduciendo mucho más que la antigua oferta del cine, lo que representa una clara ruptura en aquel idilio que unió a escritores y cineastas, mostrándonos romances de magnitud épica, como en la saga “El Padrino”, basadas en la novelas de Puzzo, pese a las voces críticas, que siempre encuentran todo lo que le falta a la película y que echan de menos de la novela, no obstante, hay un número significativo de cintas que traspasaron el formato libro para develarse en una película imperdible, en la complicidad entre escritor y cineasta.

Debo reconocer que, aunque el tema en cuestión me es totalmente ajeno, en primer lugar por no ser un asiduo a las series y segundo, porque soy un amante fiel de los libros en formato de papel, me parece entender que el punto que daría encuentro a cineastas y escritores y que genera millones de seguidores y dólares, está en lo amplio y seductor que puede llegar a ser una serie, que es lo más parecido que me puedo imaginar a entregar una novela, página a página, día a día, generando una expectativa digna de un relato de Edgard Allan Poe.

Por mi parte me pregunto lo imposible, qué diría Juan Emar de todo esto, el autor de Ayer, Un día, Miltín 1934, Diez y finalmente su novela póstuma: Umbral; escritor chileno, que lidió con la apatía e incomprensión de la sociedad frente a su obra, aun hoy, que Juan Emar es un autor de culto, sigue siendo el gran desconocido de la literatura chilena, el gran ausente, incluso diría yo, el gran fantasma de las letras andinas, aquel incomprendido, fanático de las novelas policiales de Agatha Christie, que decía estar rodeado de fantasmas, que habló de invocarles con el más leve ruido, que habló de desencadenar… ¡desencadenemos pues! y déjenme hacer la pregunta, ¿cómo se vería Umbral en Netflix? 

Aquella obra tan poco leída, tan poco comentada, y que le tomó a Juan Emar los últimos 29 años de su vida escribirla, día a día, hasta su muerte, y en la que en sus 4.134 páginas, invoca fantasmas y conversa con pueblos y ciudades como quien conversa con sus vecinos. Pero no caigamos en la, casi obvia, equivocación de considerar a los fantasmas de Juan Emar, como aparecidos clásicos de los cuentos de terror, no, sus fantasmas son sus andanzas, anotaciones, reflexiones, vivencias y pensamientos, cosas frágiles, prontas a desaparecer, tenues, y que dan luz, una tenue luz de cómo una situación se desarrolló de tal o cuál forma, pero que cuando uno quiere echarles mano para recordar cómo fue la cosa, entonces se escabullen en forma fantasmal.

De tanto conversar con los fantasmas, de tanto interrogarlos sobre la realidad, los espíritus dejaron de ser majaderos con Juan Emar y se le mostraron agradecidos y graciosos. Sin ir más lejos, él mismo instaba a fortalecerlos, a no permitir que se disgregasen ni se rompiesen, por el contrario, él llamaba a hacerse compañero de estos fantasmas, aclarando eso sí, que, aunque estos espíritus tengan mucho de ti y mucho de otras personas que tú también conoces, los fantasmas, tienen la obsesión de ser ellos mismos.

Escribir sobre Juan Emar es otro fantasma, uno que me ronda hace rato, querer preguntarle si se habría dejado impresionar por el estallido de las series y habría volcado todo su talento para sorprender a sus espectadores con relatos e historias sin fin, que se vean a diario en una pantalla, es una pregunta que se responde al comenzar una relación con los personajes de Juan Emar.

El mismo autor juega a ser personaje, y sorprende en varias apariciones, algunas veces como Juan Emar, otras como Onofre Borneo, o simplemente como el Pilo Yáñez, que vendría siendo su apelativo más familiar. De esta manera la relación con los personajes en la obra de Juan Emar se mantiene siempre en movimiento, no está acabada ni tiene final. Estamos frente a relatos que nos ofrecen la posibilidad no sólo de leerlos, sino que de habitarlos, de vivirlos y co-construirlos con su autor. 

De esa manera y como si yo hubiese entrado en el relato, me he encontrado observando el encuentro, entre Juan Emar, Pilo Yáñez y Onofre Borneo, entendiendo en ello, la perfección del triángulo que allí se origina, y al mismo tiempo, manteniendo la distancia prudente, para pasar desapercibido, ante la fragilidad y lo delicado de aquel equilibrio, entonces me pregunto: ¿qué lo mantiene?, ¿qué evita el cese de ese encuentro?, ¿qué no los amalgama en un solo ser?

Nada más ni nada menos, como bien lo dice nuestro amigo Juan Emar, gracias a la creación de un lazo, de una estrecha colaboración y a la vez de un necesario distanciamiento, así surge la dualidad necesaria, para ser narrador y partícipe de la acción. La clave está en lograr vernos como si viviéramos en una novela.

Así lo hacía el Pilo Yáñez, sobre todo cuando se sentía triste, recordaba entonces a todos esos personajes de sus novelas favoritas, esos que viven en un minuto lo que el común de la gente en un año, y se sentía con nuevos bríos, se sentía interesante y el hastío que lo acongojaba se disipaba. De hecho, tuvo la deferencia de recomendarnos leer Crimen y Castigo, o El espíritu subterráneo, de Dostoievski, para que cuando hallásemos que dichos personajes eran tan interesantes, notásemos que los consideramos así porque los vemos desde la perspectiva del lector y que, si lográsemos ver nuestras vidas, como la de un personaje de una novela, veríamos la belleza que encierran nuestras miserables peripecias. 

Si cuando el Pilo Yáñez se sentía hastiado, recordaba a Raskolnikoff y Ordinov, y consideraba su propia vida como escritura de la misma novela que ellos habitaban, yo por mi parte, recuerdo a los personajes que él creó, y veo a Rudecindo Malleco, a Matilde Atacama, a Lorenzo Angol, a Cirilo Collico, a Guni Pirque. Los veo acercarse, conversar y seguir su paso atendiendo a sus innumerables voliciones, les acompaño un tanto en su andar y escucho sus charlas. Ya lo decía Juan Emar, a estos moradores de otros mundos, hay dos maneras de considerarlos, como fantasmas o como compañeros.

De esta forma encontré la respuesta para mi cuestión sobre la posible serie de Umbral, porque la serie ya se da, ya se está dando, en ese canal fantasma que Juan Emar dejo abierto en su novela.

Curiosamente, este mundo de fantasmas, tan diferentes a los de los cuentos de ánimas, de igual manera pareciesen causar temor en las personas, que siguen sin querer prestarle oídos a sus historias, contenidas en todo lo que Álvaro Yáñez Bianchi escribió desde 1911 hasta 1964, ni pensar en compararlo con los millones de seguidores que hoy tienen la series de Netflix. A favor del Pilo queda finalmente, la ventaja de mantenerse en el mundo fantasmal, porque siempre se corren riesgos al querer develarlo. 

A favor del libro queda, que nos dé la posibilidad de volver a leerlo, más aún, cuando con un libro de Juan Emar, la verdad, nunca se sabe si al volver a leerlo, encontraremos alguna vez, lo mismo que habíamos leído.



Mariano Gallardo
mariano.criticasculturales@gmail.com
Chile

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