La Luz del Bosque

Soy una luz. 

O al menos, así es como me veo a mi mismo. 

Una diminuta e insignificante luz, que recorre caminos ocultos a ojos humanos y que brilla menos a cada latido del corazón del mundo, del corazón del bosque. 

Me muevo con el viento, siguiendo caminos que nadie salvo yo recorre, pues nadie salvo yo conoce. O así era hasta la aparición de la oscuridad. 

Al principio no me di cuenta, tan sólo eran pequeños cambios, apenas perceptibles en la intensidad de la luz al atravesar las ramas de los altos árboles, o un leve oscurecimiento en el verdor del río. Luego se hizo más evidente, y curiosamente sólo lo vi cuando mi propia luz se intensificó al oscurecerse todo a mi alrededor. 

No comprendía lo que ocurría, no lograba descifrar la razón de aquel sutil cambio en todo cuanto se hallaba a mi alrededor hasta que un día, el sol oculto ya tras las sombras de la noche y enormes y grises nubarrones anunciando tormenta, mientras danzaba dejándome llevar por una leve y juguetona corriente de aire entre unas hojas marchitas, la vi. 

Era una mujer, tan bella como la luna llena y tan triste como profundo es el mar. Su piel era tan pálida y delicada que casi parecía cristal, sus ojos de un color azul como el mismo océano, parecían rivalizar con las mismas estrellas del cielo que dejaban caer su reflejo sobre las claras aguas del río, en el que lentamente y con movimientos suaves lavaba su largo y liso cabello, tan negro y hermoso que casi parecía llevar un trozo de noche sobre la cabeza. 

Y por alguna razón, por algún recuerdo lejano y perdido de otra vida, supe que la conocía. 

Conforme iba lavando los mechones de su hermoso pelo negro, se iban disipando los nubarrones que cubrían el firmamento, como si de algún modo también estuviese lavando la cara del cielo nocturno. 

Animales, espíritus y demás seres del bosque observaban en silencio, ocultos tras el manto de oscuridad que se extendía desde las ramas más altas hasta las madrigueras más profundas, dotando sus esencias de transparencia e invisibilidad. 

A todos, excepto a mi… 

En un momento en el que el silencio y la oscuridad envolvieron incluso los más ligeros susurros del viento en los que yo me movía, me dejé posar sobre una de las ramas que se doblaban hacia el suelo, en la orilla opuesta a la que usaba la hermosa dama para lavarse, una vez terminado el pelo, el resto del cuerpo. 

La vi sumergirse hasta la cintura con movimientos gráciles y fluidos, un instante antes de estirar los brazos sobre su cabeza y dejarse caer, moviéndose bajo las aguas como un halcón sobre las nubes, dejándose transportar por ellas al tiempo que se daba la vuelta en un ondulante movimiento y hacía emerger su hermoso rostro a la superficie para coger aire, quedándose flotando con brazos y piernas extendidos, y sus hermosos y brillantes ojos observando la luna con añoranza. 

Ahí quieta, dejándose mecer por las frías y silenciosas aguas del río, fue cuando me di cuenta de que el aura oscura que emanaba desde el rincón más profundo del alma de la mujer, y se iba derramando y esparciendo por doquier hasta cubrir el bosque entero, era lo que ocultaba y hacía invisibles a todos los seres que lo habitaban. Pero no a mi. 

Mi ser… Mi luz, sumida en esa extraña oscuridad, irremediablemente brilló más. 

La mujer, de pronto pareció despertar de un extraño sueño y sumergió su cuerpo de nuevo mientras se daba la vuelta para mirarme. Su expresión nostálgica mudó en un gesto de sorpresa, mientras sus ojos me examinaban sin comprender porqué su oscuridad no había llegado hasta mí. 

-¿Qué eres?- Preguntó al tiempo que sus extremidades acariciaban el agua en ondulantes movimientos, acercándose a mi. -¿Porqué no te has contagiado de mi oscuridad? 

-Soy luz. Tu oscuridad tan sólo me dignifica y me ensalza sobre todo lo demás, permitiéndome refulgir como la estrella más brillante en la noche más oscura. 

Los grandes y hermosos ojos de la mujer se anegaron de lágrimas al tiempo que una sonrisa de alivio asomaba a sus labios, y extendía un brazo con la mano abierta alentándome a posarme sobre ella.

Me dejé caer de la rama y gravité suavemente hasta alcanzar sus cálidos y húmedos dedos. 

-¿Y tú? ¿quién eres y porqué oscureces el mundo? 

La mujer acercó a su rostro la mano en cuyos dedos me apoyaba, y su sonrisa se ensanchó por el júbilo de encontrar algo que no se viese contaminado por la oscuridad que desprendía su cuerpo. 

-Soy un alma que se ha perdido, y no se como volver al camino que me lleve allí donde deba estar. La oscuridad que emana de mi cuerpo es el desamparo que siento y la soledad. 

-¿Hay algo que pueda hacer por ayudarte? 

-Y ¿porqué me ayudarías, dulce y brillante poeta? 

-Tú me has dado la fuerza necesaria para reinar sobre todos los seres del bosque, cuando antes apenas me veía a mi mismo si quiera. Es justo que te devuelva el favor, ¿no crees? 

La mujer miró en silencio el núcleo de mi poder, el corazón de mi luz, y sonrió agradecida. 

-Ayúdame a encontrar mi cuerpo. 

-¿Tu cuerpo? ¿de qué te serviría? una vez que has muerto ya no puedes volver a la vida. 

La dama rió llevándose los dedos de la otra mano a la boca, y por un momento, su risa llenó el bosque de vida con su suave y cantarina voz, como el sonido de un arroyo jugando y deslizándose sobre las rocas. Y de nuevo el convencimiento de que la conocía, golpeó mi alma llenándome de una calidez mayor de la que mi propia luz desprendía. 

-¿Eso es lo que piensas, querido poeta? -Su risa se extinguió lentamente al tiempo que miraba en torno, distraída. -No. No pretendo volver a la vida. -Repuso, su voz ahora cargada de tristeza y pesar. -Verás, cuando mi propia luz se apagó, la visión de cuanto me rodeaba apartó mis pensamientos del camino que debía seguir. La hermosa luminiscencia que emanaba de las copas de los árboles, y el brillante verdor del río. La palidez de la bruma al acariciar el mundo con sus brazos cargados de misterio, y todo cuanto me rodeaba, que mi sencilla y básica visión humana no me permitía ver… Cuando quise emprender mi nuevo camino ya me había perdido. -Observó un momento nuestros propios reflejos distorsionados por el movimiento del agua antes de continuar. -Llevo vagando desde entonces dejando un rastro de dolor y pena allá por donde paso, y llenando sin saber evitarlo, el mundo de oscuridad, ocultando mi cuerpo con ella. Estoy segura de que si encuentro mi cuerpo, encontraré también el camino. Entonces podré descansar. 

La observé sintiendo su dolor en el furor de mis llamas, y me di cuenta de que en su oscuridad, mi luz disipaba sus sombras. 

-Te ayudaré. Bajo mi luz encontrarás tu cuerpo y podrás seguir adelante, sin el peso de los recuerdos hundiéndote en un mundo al que ya no perteneces. 

Así iniciamos la búsqueda entre los árboles y las rocas, sobre los montículos de tierra y junto a las orillas del río. Y finalmente, a pocas horas del amanecer, hallamos una cueva casi en el linde del bosque, donde las últimas casas de una aldea rozaban los primeros árboles, y donde la boca de blanca piedra dejaba entrever una cesta hecha de ramas y plumas, albergando un bebé en su interior. 

Desconfiando por cómo me observaba, ansiosa de repente, me acerqué lentamente a la mujer que rozaba con su oscuridad la improvisada cuna. 

-¿Cómo puede ser ese tu cuerpo? -Pregunté despacio en apenas un susurro. 

-Tú eres una mujer, no un bebé. 

Ella esbozó una triste sonrisa. 

-Soy lo que ella habría sido de haber permanecido con vida. -Mintió. -Ven. Te contaré una historia que ya conoces, pero que no recuerdas. 

Apartó la vista de la criatura y la posó en mí con inquebrantable fijeza. 

-Hubo una vez un hombre, un cazador, que cada día cuando el sol se ocultaba iba al bosque a recitar poesías a la diosa Deva. En una ocasión, las dulces y elocuentes palabras del poeta hicieron que la diosa moldease parte de su esencia con la forma de una mujer humana capaz de amar al poeta como él la amaba a ella, y la envió a su lado. Sólo una noche estuvieron juntos, y no hizo falta más. 

Pero los hombres y mujeres de la aldea a la que pertenecía el cazador, atemorizados ante la idea de que la diosa Deva habitase entre ellos como una humana más, decidieron que debían hacer algo para desterrarla de su mundo y enviarla de nuevo a su lugar de origen, el reflejo del firmamento sobre la superficie del mar, adonde pertenecía. Así pues, el día después de yacer con ella, los compañeros cazadores de su amado, lo apresaron en contra de su voluntad, le quitaron la vida y después quemaron su cuerpo con la esperanza de que, al no encontrarlo más, la diosa Deva volviese a su hogar alejándose de ellos y dejándolos con sus nimios problemas humanos. 

Pero tras haber probado el poder divino y habiendo sido tocado por él, al morir el poeta se convirtió en luz errante. Pues aún tenía algo importante que hacer. 

Dicho esto, su profunda mirada cargada de tristeza se llenó a su vez de amor y determinación, y en un rápido movimiento me atrapó entre sus delicados pero fuertes dedos y me acercó al bebé para que pudiese verlo bien. 

-Ésta es nuestra hija, mi dulce poeta, la magia que surgió de un humano y una diosa, pero obsérvala bien… ¿Ves cómo también de ella emana oscuridad creciente? ¿Cómo lentamente se extiende cubriendo todo a su alrededor, haciendo que tu brillo se enardezca incluso más que con mi propia oscuridad? 

Éste es tu asunto por concluir. Permitir que tu luz encubra las sombras de nuestra hija dándole la oportunidad de llevar una vida normal entre los humanos, ya que al tener parte de ti, no podrá ascender a mi reinado hasta que alcance su madurez y encuentre su poder oculto. 

Perdóname por el engaño, amado mío, pero era necesario para atraerte hasta ella y hacerte recordar. 

Veo cómo tras mirarme una última vez, con el amor y el agradecimiento grabados en el brillante y profundo océano de sus ojos, ese mismo que ha heredado nuestra preciosa hija, me sumerge en la oscuridad de su pequeña boca empujándome hasta el mismo centro de su alma. 

Y siento que mi luz, ciertamente engulle sus sombras permitiéndola hacerse pasar por humana de no ser por el resplandeciente brillo en sus ojos, a través de los cuales me despido de mi recién recordará enamorada, viendo cómo asciende y desaparece en la bruma, justo cuando el primer rayo de sol ilumina de nuevo el mundo. 

Y siento que me desvanezco mezclándome con la esencia de mi niña, y con un último esfuerzo la incito a llorar haciendo que el sonido de su llanto reverbere en las paredes de roca de la cueva, ampliando su sonido y despertando a las gentes del poblado cuyas casas más cercanas al bosque lindan con él. 

Y antes de desaparecer del todo, al fundirse mi alma con la de ella, veo acercarse a una mujer seguida de su esposo, que me coge en brazos. No. No a mi… al bebé. 

Y escucho al hombre decir que no pueden hacerse cargo de ella, que ya tienen a su propio bebé. Y a la mujer replicar sin dejar de acunarnos con un inmenso amor nacido de la bondad que algunos humanos aún poseen; -¿No nos da el bosque todo lo que necesitamos para vivir, esposo? ¿no nos alimentamos con sus animales? ¿no nos calentamos con sus troncos? ¿no nos curamos con sus plantas y nos lavamos con las aguas de su río? ¿no usamos sus rocas para construir herramientas, y su tierra para levantar nuestros hogares? nuestras vidas están ligadas a este bosque, todo cuanto hay en él es esencial para nuestra supervivencia. ¿Acaso no crees que sea justo devolverle el favor 

haciéndonos cargo de su bebé? ¿una preciosa niña que proporcionará compañía a nuestro hijo, júbilo a nuestro hogar y un amor recíproco e incondicional a todas nuestras vidas?.

El bosque sigue dándonos regalos, esposo mío. Así que sonríe y da las gracias. Porque tenemos una nueva hija, y su nombre es Flidais. 

Nayma Luna

txika.azul@gmail.com

España

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