Juego Sucio

Iniciaba el milenio, la familia Pinilla conformada por Carmenza, su marido y el Señor Pelos, como llamaban a un gato gris que hacía cinco años había llegado maltrecho a la puerta de su casa, festejaban un año nuevo con un vino barato que Armando había comprado en la tienda esa tarde.

Luciendo su mejor traje (un vestido rojo ceñido con lentejuelas en el pecho), Carmenza observa los fuegos pirotécnicos que vienen del salón comunal, escucha la pólvora de su cuadra y los gritos de jolgorio de sus vecinos, les da aviso de que el reloj ha marcado la media noche. 

—Feliz año bizcocha—le dijo Armando tomándola de la cintura y juntándose a ver el espectáculo con ella—¡salud! 

La zona donde vivían era una de las más pintorescas de Bogotá, sobretodo en navidad, gente cocinando sancocho al aire libre, equipos de sonido a todo volumen en la entrada de las casas y una pista de baile imaginaria, creada por los pasos de niños y adultos que se movían al mismo ritmo de manera armoniosa.  

Luego de haber aguantado el fiestón hasta la madrugada, Armando se levanta con resaca y un zumbido repetitivo en la cabeza que le dice «por eso la plata que cae en mis manos, la gasto en mujeres bebida y bailandooooo» tal frase le rememoraba lo que había estado cantando a grito herido y a coro con el tipo que vive en el primer piso, apareció el dolor de cabeza, apretó los ojos y antes de ponerse en pie notó la ausencia de Carmenza, solo lo acompañaba el Señor Pelos que hambriento maullaba junto a su bolsa de comida. 

Sin temor a equivocarse, Armando se dirigió hacia donde trabaja su bizcocha como le dice de cariño, era primero de enero y como era cantante de seguro a ella le había resultado algo de último minuto; confirmado, unos metros antes de llegar al bar Noches de Garibaldi, donde no precisamente cantaba, más bien, se ubicaba en el andén sobre la carrera séptima con 60 frente al lugar, con sus compañeros de tropa logrando más visibilidad y así ser contratados para alguna serenata, la vio a ella con su ropa de trabajo, vestida como toda una charra mexicana, lista para cantar con su melodiosa voz, desde hace tiempo no la detallaba como un espectador más, su vestido negro ajustado, ese faldón hasta el piso delicadamente planchado, su cabello largo, ondulado, sus labios rojos y su sombrero ancho ya hacían todo un espectáculo.

Aparte de notar la extrema belleza de su mujer y sintiéndose afortunado de tenerla, se fijó que definitivamente llamaba la atención, más de lo que él imaginaba, varios hombres la estaban viendo de pies a cabeza de manera apetitosa, Armando algo iracundo, pero disimulando, agiliza el paso, quiere saludarla con un gran beso para mostrarle a todos que no es soltera, pero no es necesario, cuando se estaba acercando, ella venía hacía él y por su cara no traía buenas noticias. Su rostro se normalizo cuando vio a Armando, la tomó por sorpresa, no se imaginó que enguayabo iría a buscarla.

—¡Gordo! ¿y usted qué hace aquí?—le preguntó algo inquietada. 

—Me hizo falta bizcocha, usted sabe que cada año más tragado de usted. 

Y si, era una relación bien estable, se habían conocido hace siete años en un pequeño pueblo de Caldas mientras ella cantaba rancheras en unas verbenas y él estaba de paseo con unos amigos, desde el día en que sus ojos se posaron sobre el otro, no pasaron un segundo separados. 

—Tan bello mi Gordo. 

—¿Y esa cara? cuénteme más bien, que me le hicieron a mi reina—le dijo Armando haciéndole apapachos. 

Carmenza le contó que tenían una serenata agendada desde hace días para esa mañana, no le había contado porque era sorpresa, con el pago que recibiría pretendía invitarlo a cenar su comida favorita, mote de ñame, un plato típico del caribe, que según él en Bogotá, solo lo sabían preparar bien en un lugar del centro; el plan se fue al piso cuando se canceló la serenata solamente una hora antes de lo acordado. 

La vida de un cantante no es la más exitosa si no tiene los contactos indicados y eso le pasaba a Carmenza, sus sueños siempre luchados y poco ganados, por eso cada peso perdido era sinónimo de descontento, ella era la única que trabajaba, Armando había estudiado cría de animales pequeños especializándose en las orugas, su falta de experiencia y la poca demanda laboral en zoocría de mariposas no lo dejaba conseguir el empleo soñado.

Mientras que ese empleo llegaba, decidió acompañar todos los días a Carmenza, quería evitar que fuera tan morbosamente vista y sí que lo lograba, siempre se hacía notar cuando algún borracho o transeúnte del común quería coquetear con ella; pero un día fue diferente, era jueves pasaban las dos de la tarde y la capital era azotada por un sol del demonio, mientras que el mariachi Los Reales de Tijuana, como se hacían llamar esperaban algún llamado para dar un show, Armando tomaba la sombra tranquilamente bajo el letrero del bar Noches de Garibaldi, hasta que un brillo enceguecedor captó su mirada, era un Mercedez Benz negro, último modelo, a la vista no había otro igual, el auto era conducido por un hombre canoso pero no viejo, muy elegante, lo que se alcanzaba a ver se le veía de buen vestir, el tipo se parquea frente al mariachi para simular negociar una serenata y Armando se fija enseguida que el señor adinerado no deja de contemplar a Carmenza y que además es correspondido, ella con pequeñas miradas casi imperceptibles y batiendo su larga cabellera deja ver que no le es del todo indiferente, por primera vez no se sintió amenazado, no sintió ira ni celos, este hombre era otra clase de prospecto del que él sacaría provecho.    

En la noche cuando llegaron a casa, los recibió el Señor Pelos dándoles topes, esperando a que le rascaran la cabeza como siempre y ni así Armando salía de la burbuja de la que parecía haber entrado horas atrás, seguía guardando un silencio medio sospechoso y hasta incómodo para Carmenza, incluso llegó a pensar que su marido se había dado cuenta de las miradas que se había lanzado con el ricachón. 

—Ole Gordo y…¿por qué tan callado? que me le paso a mi rey—le preguntó Carmenza un poco nerviosa esperando lo peor.

—Pues si bizcocha…algo me está rondando la cabeza desde esta tarde—le respondió rascando la barbilla.

Lo que Armando había estado pensando beneficiaría la economía de los dos, pero tendría que contar con la total disponibilidad de su esposa, el plan que pretendía era así; Carmenza saldría con el canoso, haciéndole creer que lo convertiría en su amante, actuando como una mujer sufrida y con un marido improductivo (esto último sí que era verdad) le daría a entender que necesita mucha ayuda económica, moviéndole el corazón y el bolsillo al señor lograrían esa cuota monetaria necesaria para no vivir todos los días con el agua hasta el cuello.  

A Carmenza la idea le pareció muy descabellada y hasta alcanzó a enojarse con Armando, no podía creer que pensará de esa manera tan calculadora, se fue a la cama frunciendo el ceño y sin cenar, igual solo había un pan viejo en la despensa.

Tras pasar una noche no tan buena, Carmenza se levanta aún con las palabras de su marido retumbándole en la cabeza y un estómago muy vacío, se dirige a la nevera y todo lo que hay es una lonja de queso tiesa, igual que el pan de la despensa. Al verse reflejada en la puerta del microondas, despeinada, en camiseta y cucos sosteniendo ese queso viejo que definitivamente no iba a usar, pensó en que el plan de Armando les podría funcionar muy bien, igual a ella el señor adinerado le había gustado. 

Después de crear algunas tácticas de seducción segura junto a su esposo, el plan empezó a desarrollarse, Armando dejó de acompañarla para evitar alejar a la “presa”, ella se encargaría del resto, fue fácil, el tipo cayó rendido después de ver a Carmenza chupando una paleta de crema, mientras lo miraba a los ojos haciéndole gestos sugestivos.

Había pasado un mes y el plan ya arrojaba los resultados esperados, tenían la renta pagada, la nevera llena y la despensa con mercado fresco, hasta le cambiaron la cama al Señor Pelos, que desde su llegada había dormido en los mismos trapos viejos, todo eso con dos salidas que acababan en una residencia de chapinero, esos detalles, ella no los daba a conocer, evitaba incomodar a Armando que poco pensaba en lo que hacía su mujer con gusto, no quería interrumpir la buena vida que estaban llevando. 

Carmenza percatándose de los clientes adinerados que entraban a Noches de Garibaldi y muchos de todo su gusto, quiso expandir el “negocio” que inventó su marido, así que utilizó las tácticas con otro personaje de billetera gruesa, Roberto era su nombre, tenía cuarenta y cinco años, cinco más que ella, después de ser un cliente asiduo del bar, un día no volvió a entrar nunca más, su único objetivo siempre era ver a la mariachi, su negocio, vender armas a países en conflicto como Siria y Yemen o por lo menos eso fue lo que escucho Carmenza en una de sus llamadas. 

El tercer y último amante de la mariachi fue un coreano, se llamaba Naoki Hayashi, tenía treinta y seis años, vivía hace diez en Colombia, era conocido por ser el propietario de una cadena hotelera de lujo y por vestir únicamente kimonos de colores pálidos, su rostro era chato pero su cuerpo era un monumento a la masculinidad, esas prendas pálidas que caían por cada músculo bien formado, fue lo que derritió a Carmenza. 

Tres amantes daban bastante trabajo, la casa de los Pinilla casi y hasta parecía una agencia de citas, en donde Armando era la secretaria, bajo cuerda preparaba los encuentros y agendaba a Carmenza sin margen de error, dándoles a todos un espacio; el canoso iba los lunes y miércoles, Roberto los martes y Naoki los jueves y viernes, era el más exclusivo, había rentado un apartamento cerca a uno de sus hoteles para estar en total privacidad, no se sentía cómodo alquilando un lugar por horas como hacían los otros. 

Armando noto que a ella le entusiasmaba en demasía el jueves y el viernes, sintió curiosidad del porqué, qué era tan maravilloso que la ponía a saltar seguramente si no estuviera en presencia de él, no entendía, recordaba algunas películas porno japonesas que había visto en su adolescencia y solo pasaba por su cabeza imágenes de penes muy pequeños y peludos. 

Convenció a Carmenza para que lo llevará a uno de sus encuentros, le prometió que se escondería en la sala hasta que ellos se fueran al cuarto, solo quería escuchar de qué hablaban y ver más de cerca al chinito que acaloraba a su mujer. 

El día acordado Carmenza le dio una copia de la llave del apartamento a Armando, éste llegaría una hora antes que ellos, así fue, solo que no se escondió en la sala como decía el plan, se metió al closet del cuarto, ya se le había quitado el miedo de ver a su mujer con otro y ahora más bien estaba lleno de curiosidad. 

Cuando llegó Carmenza con Naoki, tomaron un trago en la sala y se metieron a la habitación, hasta aquí, ella pensaba que Armando ya había visto lo que quería y pronto saldría de allí, así que una vez dentro del cuarto olvido su marido; el cual a través de la rejilla de la puerta del closet estaba enterándose del cuerpazo de este hombre que antes de ponerle las manos encima a Carmenza, saca de una caja de madera una pequeña bolsa con un polvo blanco, la sacude, saca un poco menos de la mitad sobre una mesa, arma cuidadosamente una línea con una tarjeta que tenía en el bolsillo, enrolla un billete nuevo de cincuenta mil y aspira con fuerza un par de veces hasta que no queda nada; le ofrece a ella, Armando esperando una negativa por su parte se da cuenta que acepta muy gustosa, al parecer no era la primera vez.

Mientras los cuerpos de una mariachi y un koreano galopaban en un colchón de agua chocando como la ola cuando golpea la roca, Armando se salpicaba de ese placer, la cara se le puso roja y su pene estaba tan duro que quería sacarlo del pantalón, el espacio del closet era reducido pero logró acomodarse para su disfrute, pudo sacarlo finalmente, sin dejar de mirar humedeció sus dedos con saliva y comenzó a sobarse con presión desde la punta deslizándose muy suavemente, lo sujeto por completo con sutileza, comenzó a agitarlo de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo, primero muy despacio, pero sin poder evitarlo se apresuró más y más, estaba con el mismo ritmo de ellos, parecía que los tres tendrían un orgasmo al mismo tiempo, pero antes de que sucediera Armando no aguanto más y de un último tirón derramó su leche caliente con un quejido tan fuerte que avisó a la pareja de amantes de su presencia. 

Rendido, agitado e importándole muy poco asomo su cara exhausta fuera del closet.

—¡Un pervertido! ¿pero qué es esto? ¿cómo entró aquí?—le dijo Naoki ofuscado y cubriendo a su “doncella”.

—Tranquilo, es mi marido—respondió Carmenza mientras sorprendida se tapaba con una sábana—

Naoki pidió explicación, se inventaron una historia donde Armando se había dado cuenta del engaño, la llevaba siguiendo algunas semanas y que por eso había encontrado el lugar, donde se terminó metiendo por el parqueadero (esto último era lo único cierto). El coreano respondió muy bien a su relato y hasta le pareció fascinante que mientras se tiraba a la mujer de alguien, el marido se masturbaba en el closet «qué pareja tan agradable» pensó.

Como si fueran grandes amigos se tomaron un whisky, unas líneas de coca, hablaron un poco de la vida, de política y hasta le aplaudieron a Naoki su buen español. Cayendo la tarde salieron los tres para Noches de Garibaldi, Carmenza tenía una serenata y allí había sido el punto de encuentro como siempre, Los Reales de Tijuana estaban esperándola, era la única que faltaba; cuando se estaban acercando al grupo Carmenza levanta la mano para saludarlos y de pronto escuchó un estruendo ensordecedor ¡PUMM! parecía un disparo, siente olor a pólvora, mira su derecha Armando pálido e inmóvil señalando hacia el otro lado, tirotearon a Naoki y a quemarropa, fue con sevicia y coordinación, rápidamente Carmenza se ve así misma chispeada de sangre hasta la cara, da una ojeada a su alrededor, tan pronto como escuchó el disparo pensó en Roberto, no estaba equivocada a menos de una cuadra estaba una de sus camionetas haciendo cambio de luces, como entregando un mensaje en clave morse, era claro que la receptora era ella. 

Después del sepelio de Naoki, al que Carmenza asistió sola; los Pinilla decidieron empezar una nueva vida, quedaron impactados con lo sucedido, amontonaron sus cosas en un camión de mudanzas y junto a su gato regresaron a ese pueblo donde se conocieron, no eligieron otro lugar porque querían volver a uno que ya les había traído mucha alegría. Entre la basura dejaron los vestidos de mariachi que acompañaron durante años a Carmenza, ese capítulo de ser cantante de música popular, estaba completamente cerrado para ella, no pudo volver a cantar, cuando intentaba entonar una canción; los rostros de sus amantes, los encuentros, el sexo, la cara chata de Naoki, el disparo ¡PUMM!, sangre, gritos, pánico…era como si estuviera ahí de nuevo, de inmediato su voz se paralizaba. 

Definitivamente la habían cagado. Vendieron las cosas de mayor valor que tenían y con ese dinero compraron un carrito de esos que venden comidas rápidas, lo llamaron Donde el Sr. Pelos, se volvieron unos expertos haciendo salchipapas tenían entregas a domicilio y ventas sobre pedido, no volvieron hablar de chapinero, Bogotá, mariachis o asiáticos; Armando todavía guarda la esperanza de conseguir ese trabajo soñado, por eso aún espera respuesta de un mariposario al que envió su currículum hace más de un año.

Ana Verano

veranoanaelisa@gmail.com

Colombia

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