Lamerte la Muerte

– Lunes 6:43 p.m. –

Fernando, me voy a matar, me dijo Juan, mientras esperaba a que me terminara mi cruasán. Se demoró 25 años en tomar la decisión, le dije limpiándome las migajas sorpresas. No es chiste, dijo mirando una nube vértigo por el ventanal de la panadería. Me mato el sábado a la noche, sábado de noche fuerte… Preguntarle por qué justo a él era inoficioso, mejor no ser curioso muerte. ¿Cómo se piensa matar? Le pregunté levantando la mano para pedir dos gaseosas. Me voy a lanzar desde el balcón restaurante que queda sobre el acantilado, me dijo, sus ojos no me podían rebotar los ojos míos por alguna razón, jugaba con la servilleta. Le encanta ese balcón ¿no? Le pregunté mientras servía las gaseosas en el vaso y brincaban las chispitas mariposas. Levantó sólo un poco la mirada y me dijo solemnemente: es hermoso, solamente. Tomó un par de sorbos de gaseosa, lo pasó con esfuerzo, luego tomó un par de veces impulso para decirme algo. Quiero que me filme, soltó, y se limpió la bocatonta con la servilleta. OK, le dije, no hay drama. Idiota. Idiota yo, pensando aún que eran broma sus 20 segundos de fama. Me explicó que quería que filmara sólo el balcón, y que él saliera de cuadro lanzándose al vacío, toda una performance, le dije, todo un artista… usted, claro, chistó. No, no, no, usted, pensé.

– Sábado 8:43 p.m. –

Juan me pidió que lo esperara dentro del restaurante, noche de sábado potente. Cámara, coraje y vino sobre la mesa. Llegó con un saco marrón lavado, jeans remotos y zapatillas nuevas marrones. ¿Todo bien?, me saludó azulado, acariciando la cámara. Hasta ahora si, amárrese los cordones, le dije. Pidió un vaso y me invitó al balcón. Salimos, apoyó su copa sobre la barandilla cerró los ojos y se dejó regar un poco por la brisa marina. Se pasó las manos de piano por la cabeza conga, arreglándose el pelo de contrabajo para atrás, respirando profundamente, me puso una mano y en el hombro. Listo, ya es hora, dijo mirando su reloj, tocó el borde de la copa, le pareció buena idea que la copa quedara en el encuadre, yo estaba mirando las luces de la ciudad, el club de yates, y el borde de la vida de Juan. Fílmeme desde allá por favor. Me señaló una sillita maderanegra, afuera del restaurante, a unos 20 metros, y bajando unos 10 escalones. ¿Quiere que la cámara lo tome desde abajo, no? Para que se vea como toda una hazaña, putavida, le dije ya con un poco de rabia y temor, porque justo ahí me di cuenta que no era una broma. Me fui, esa noche templada nadie iba a pagar la cuenta.

– Sábado 9:33 p.m. –

Catalina estaba sentada en la silla cuando bajé había varios conocidos mutuos alrededor, ¿Qué haces acá calamar? Le pregunté, Juan nos citó a ver el suicidio, me lo dijo con tanta naturalidad que me recorrió un escalofrío. Yo no soy ni artista ni capaz, como ustedes monstruos, de ver esto, estoy de luto, le dije. Toma filma tú, le di la cámara, muéstrales el altar de su saltar. Está bien, me dijo. Había unos diez amigos sentados en el césped alrededor de la sillita maderanegra, fumando, tomando algo, esperando el momento, mientras saludaba a algunos con un mal gesto, todos ellos miraron al balcón de pronto. Di la vuelta lento. Juan estaba dando la señal, Catalina el calamar estaba filmando y yo tenía una taquicardia fatal. Levantó la copa, se reflejaron todas las luces de la ciudad vinotinto en ella, tomó un sorbo, puso la copa en la barandilla y se lanzó frágil, impecable. ¡Pero qué tarado que soy!, este tipo me pidió que filmara su disparate y no le expliqué a Catalina Calamar, ojos de alce, cómo debía hacer la toma. Ya era tarde, ella habría de filmar toda la caída hasta el desenlace. Yo me giré, me agaché, me puse las manos en los ojos, pero empecé a ver en mi cabeza lo que Catalina, la de ojos rojos, estaba filmando. Mi cámara y mi cerebro en conexión total. Estaba viendo en directo a mi amigo, cayendo lentamente, chocando y sin chocar con el viento en contra, dirección: arena golpe mortal. Y no podía sacarme la imagen, mi cámara me transmitía, me estaba volviendo loco.

Entonces sucedió, la marea subió 20 metros, el tipo cayó al mar y la gente alrededor aplaudió.
No era una broma, no estaba planeado, pero bendito, él balcón, él halcón, él tiburón.

Ahora, no sé si sabe nadar con otros tiburones.

Fernando Rodríguez

fernando.rodriguezvaca@hotmail.com

Colombia

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