El Día de mi Muerte

Un Domingo de Pascuas dejé la vida que ustedes disfrutan, prefiero no decirles mi nombre, tenía trece años. No me suicidé por cierto, en el vecindario y en la casa creyeron que fui yo la imprudente por quitarme la vida. 

—Ésta mañana estaba sanita —respondieron mis padres a cada vecino que preguntó. 

Llegaron al fúnebre casi toda la comunidad, vestidos al mínimo con una prenda negra. Cada quien trajo generosamente, sea un pequeño cántaro de chicha, sea un aguardiente o enseres para la comida. 

La tarde encapotada, oscura como el color de las mantas que vestían las mujeres, parecían producir más desconsuelo alrededor de mi féretro. Al lado lateral del ambiente, las mujeres lloraban sentadas sobre los cueros de chivo, los varones susurraban con discreción mientras masticaban hojas de coca, sentados en el poyo de adobes, para ellos tendieron los coloridos tejidos hechos por mamá. 

Todos intentaban darse explicaciones, mis tías insistían más en identificar las causas y las razones, mi hermana Gladis que fue como mi madre, parecía sospechar y estar convencida sobre los detalles de mi deceso, su llanto no era de resignación sino de resarcimiento, apoyaba los puños en la cabeza mientras goteaban sus lágrimas, ella permaneció a mi izquierda durante el velatorio. 

Ninguna de las chicas estuvo presente, ni siquiera en las afueras, la ausencia de ellas me entristeció, tampoco estuvieron acompañándome los chicos. En mi pueblo, los menores no acostumbran estar sentados junto a los mayores en un acontecimiento; entonces, los que me circundaban sólo podían conjeturar sobre mí. 

Entretanto ocurría eso en casa, mis dos amiguitas sentadas debajo de un arbusto, en el cerro donde pasteábamos nuestros chivos, lloraban profundamente, les bajaba las lágrimas por el rostro y hacían sonar las narices como si les faltase aire y evitasen caer el moco, sentían mi ausencia. Ellas sí conocían mi intimidad y mi pasión por el hombre a quien amé; la Vero sobre todo, supo qué iba a ocurrir conmigo en cualquier momento: en una anterior ocasión se frustró mi muerte. 

—Mi angelito se va al cielo llorando y con felicidad, Dios lo recibirá con gozo —dijo mi abuela, secándose sus lágrimas con su mandil y voz interferida por el llanto. Intentó consolarles a los presentes, era el momento que empezaba a caer una suave llovizna. 

—La loma está con neblina —dijo una de las mujeres que preparaba la alimentación en el patio. 

—Si la lluvia viene del norte va llegar el aguacero, pero si viene del sur no llega, se pasa —respondió otra. 

Esa llovizna, para la ocasión significaba regocijo y adherencia del más allá al dolor, en realidad, no estaba llorando aquella tarde. Unas horas antes, cuando vi en llanto a mi madre hasta desvanecerse sin soltarme de sus abrazos, me transformé en la insatisfecha de mi muerte, me maldije, complací a alguien a ciegas ¿por qué? ¿por qué lo hice?, sentí ganas de levantarme para confesarle quién fue mi homicida, pero madre, ¿será que me hubieses creído? mi padre no, él siempre fue secuaz de los hombres e incluso hubiese sido capaz de dudar al oír mi testimonio. 

Mi asesino era el hombre por quien menos sospecharían, ocurrió así; de mañana cuando salía del huerto con una pequeña canasta de uva, vi aparcado el auto blanco de Florencio, un viudo de 62 años, él como siempre paternal, seductor y sonriente me hizo señas, me aproximé, me convenció de entrar a la cabina, tenía aún enojo por sus argumentos de la semana pasada. 

—Eres todavía chica, no deberías tener un hijo —me había dicho con insistencia. Sólo lloré y lloré por mi incertidumbre, luego supe más de su pasado enamoradizo y ducho infiel. Hace décadas propinaba golpizas a su esposa y nadie lo había demandado por violencia física ni psicológica, hoy sus nietos tienen mi edad, también le atribuyen ser padre de dos hijos en la esposa de su ex patrón, un hombre con amoríos aquí y allá ¿pueden creerme? se imaginan ¿con quién me involucré? 

Desconocía el significado de permanecer escondiendo un embarazo. Pero para Florencio parecía ser algo fácil a resolver y librarse del peso ¿yo embarazada? ¿yo?, me preguntaba a cada momento todos los días sin saber qué hacer.

—Si quieres tener un bebé tendríamos que irnos lejos de aquí, nadie debe saber de nuestro paradero, juntos y sin interferencia seremos felices —me dijo esa oportunidad. 

Cuando estuve sentada en la cabina los ánimos eran sosegados, me di cuenta que el tema anterior no se tocará, conversó conmigo de asuntos sin importancia, luego sacó de la guantera un pequeño sobre, muy sereno me mostró dos tabletas, dijo que un amigo suyo le recomendó y que frenaría fácil el embarazo, me persuadió con palabras tiernas, pensé que era una la salida apropiada, pensé en liberarme del peso sin mayores problemas en casa, pensé en evitar el chismerío de la gente, pensé en lo simple e ingerí una de las tabletas. 

Sin sospechar de las consecuencias y como si no ocurriese nada nos despedimos, dijo volver como siempre el viernes por la tarde. Mientras caminé en dirección a la casa tomé la segunda pastilla, como soy indiscreta tal vez descubrirían la extraña tableta en mis manos. Cuando nos aprestábamos a la merienda de la mañana, solté el plato y casi caí, me regañaron de inmediato, vergonzosa y con susto abrí el corral de chivos y me largué a pastear en el cerro. 

—¡Tu lonche! ¡tu lonche! —gritaba alguien, apenas percibí una imagen, mi cabeza pesaba como nunca con un dolor insoportable, mi vientre parecía exprimirse, mi alrededor giraba y como un disco vinil viniéndose el mundo hacia mi, encima para enterrarme; entonces espanté aleteando por la colina: no recuerdo más de esa existencia. 

Desde ese momento soy aquel “angelito” que citó mi abuela, ahora puedo verlos y oírlos a ustedes, lo veo también a mi asesino. 

Como en casa predominaba la idea que yo era la desprovista de prudencia, de virtudes y de inteligencia, entonces era de esperar que sería la menos amparada, me acuerdo de aquella media noche cuando hubo una acalorada discusión de la familia en la antigua casa del abuelo Justino, los gritos se oyeron a más de doscientos metros a pesar de estar la puerta cerrada. 

—Papi, somos solteros todavía, nosotros también somos hombres, tal vez algún día estemos en la misma situación, no lo procesemos, que no vaya a la cárcel ese hombre—dijeron al unísono mis hermanos, Hugo, Daniel, Hernán y Víctor, mi padre Pedro absteniéndose se unió a la voz de mis hermanos. 

¿Es razonable que mis hermanos hayan tomado esa postura? al contrario, se pusieron del lado de un asesino, del que con engaños me forzó a tener relaciones y todavía me convenció que eso es normal en todas las mujeres. Mis hermanos se enfrentaron con mis hermanas, ellas impotentes ante semejante parcialidad masculina se contuvieron abrazándose; de inmediato mis cuñados se aproximaron para apaciguarlos, ellos poco podían influir por ser sólo esposos. 

—Ese malnacido tiene que pudrirse en la cárcel por violador y por asesino —insistieron ellas con firmeza irrenunciable. 

Mi madre parecía estar ausente físicamente, ni se pronunció, sólo lloraba en silencio sin fuerzas, al final, mi tío Adolfo irrumpió la puerta, había atisbado del zaguán; con enojo les pidió abandonar la discusión e ir al velatorio para atender a los visitantes, un mechero y muchas velas alumbraban en la sala aquella noche, así se frustró la búsqueda de justicia de mis hermanas. 

—Las mujeres sienten más por ellas —escuchaba decir. 

Sí, las mujeres se preocuparon por mí. El lunes desde temprano, mis tías y mis vecinas prepararon mis provisiones para que me venga a ésta otra existencia, en bolsitas miniatura costuraron, dulces, maíces tostados de diferentes variedades, comidas secas y cocinadas, pancitos, macitas, buñuelitos, pipocas y luego colocaron en mis costados, hicieron fila para que sea la portadora de encomiendas para mis nuevos seres de esta vida; pusieron a mi ataúd menudas piedrecitas planas imaginando en monedas, se trataba de remesas para sus seres queridos que vinieron antes de mí. Así ocurrió el día de mi muerte.

Wilbert Villca

villkalop@gmail.com

Bolivia

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