Mi Chica

     Veranear en Marbella entonces era como veranear en cualquier otro lugar de la geografía turística española. Marbella era una incipiente comunidad que aún se movía entre disyuntivas a determinar. Los jóvenes madrileños que veraneábamos allí, éramos como otros; solo que nosotros queríamos ser diferentes, queríamos ser Ibiza, queríamos ser Taormina, queríamos ser Benidorm, aunque Benidorm era un icono bastante cutre, pero era un icono. Queríamos ser la hostia, y en ello empeñábamos los veraneantes más alternativos nuestros esfuerzos, (nuestra soberbia juvenil nos hacía pensar que éramos eso), y  por “casualidades” de la vida convergían con los intereses hosteleros, económicos y turísticos de las “fuerzas vivas” de Marbella. De alguna manera, se juntaban nuestros intereses progres con la carcunda más acendrada, los propietarios de los terrenos; pero ellos suspiraban en términos de beneficios.

     Una de las formas de manifestar nuestras ansias de cambiar el mundo era la música. En Madrid teníamos un  grupo de rock formado por los amigos que coincidíamos en verano. Éramos niños “bien” y aquel verano en Marbella decidimos ampliarlo con músicos del lugar, aunque estos  no eran pijos como nosotros, pero tocaban muy bien la guitarra y eso era lo único que importaba.

     Nuestro grupo era bueno, en realidad éramos muy buenos. Como buenos fueron los “dineros” de  papá que costaron mis clases de guitarra. Formábamos una variopinta mezcolanza de “pijoprogres”, artistas de salón, músicos de estudio y verdaderos artistas de la calle. Gentes que sin estudiar música tocaban como los ángeles, músicos que surgían de la necesidad más rabiosa de salir de las calles.

    Al principio tocábamos en chiringuitos  alternativos de las playas. No tardamos en ir ganando  prestigio y poco tiempo después, los chiringuitos  más renombrados de la costa malagueña se nos rifaban.  Pero si por algo sobresalíamos entre tantos grupos buenos, que los había, es por la manera en que Mara hacía gemir su guitarra. Era la solista y la razón primordial  por la que mucha gente nos seguía en cada actuación.

     Todos tocábamos muy bien, los “pijos” y los no “pijos”, pero ella, la que consideraba mi chica, Mara, era de una genialidad que rayaba en lo extraordinario. Sus solos de guitarra eran una mezcolanza increíble de Jimmy Page, de Van Halen, otras  veces parecía Knopfler, otras, para mis oídos rendidos a su portentosa habilidad, era Clapton. Su versión del solo de “Layla”, era una obra maestra entre sus dedos. Quizás hasta Eric Clapton lo hubiera reconocido. Mara era genial, temeraria hasta límites insospechados, una iconoclasta preciosista que se atrevía a introducir fragmentos de “Entre dos aguas”, en una increíble amalgama de sabiduría, entre las notas de Clapton y Paco de Lucía.

    Mi relación con ella venía de mucho antes de conocer su habilidad con la guitarra. Nos conocimos en un chiringuito de la “Playa del Cable”; hoy en día ese chiringuito es de lo más renombrado de la costa para los más jóvenes, se llama Bounty Beach y hasta da nombre a la playa. Mara era oriunda de Marbella y siempre estaba por allí; yo  solo era de por allí  durante el verano. Al principio, para ella, era un “capullo” veraneante, uno de tantos. Quise demostrarle que no era así, y aunque en el fondo lo era, lo conseguí.  Mi dominio de la técnica musical, conseguida a golpe de billetes, hacía de mí un buen guitarrista, junto a  otra “habilidad innata” (no relacionada precisamente con la guitarra). Cuando ella pasó de considerarme un simple veraneante, a considerarme un buen guitarrista, comenzamos a intimar…, y lo hicimos a tope.

     Desde entonces lo nuestro fue una relación deliciosa, nos gustábamos, nos queríamos y pensábamos en algo más allá de un mero verano. Cuando surgió la oportunidad, como surgen esas cosas, por  casualidad, oírla tocar su guitarra, no solo me deslumbro a mí, nos llevaba al paroxismo a todos los del grupo.

      Al principio, muy poco tiempo tardamos en sugerirselo, Mara no era  una diva y  tocaba para el grupo; hasta que le dijimos que su música “era el grupo”. Entonces fue cuando se soltó y con sus solos de guitarra encandilaba al público. Pero, lo más importante  era  que nos cautivaba a nosotros, y  nos hacía querer ser mejores para poder estar a su altura; aunque nunca lo conseguíamos. Su manera de acariciar la guitarra era de otra “galaxia”. 

      Llegamos a ser un grupo de “culto” entre la gente más entendida de la costa malagueña. Los ecos del renombre alcanzado hicieron que empezaran a venir a nuestras actuaciones los mejores ojeadores de las discográficas de Madrid. Nuestra música era  buena, pero   los solos de Mara eran geniales.

     Entre la vorágine de conciertos en que se convirtió ese verano, me llamó la atención que Mara necesitaba retirarse con su soledad antes de comenzar cada actuación. Lo considerábamos normal, la concentración propia de una verdadera “estrella” por su  talento.

     Una noche, tardó más de lo habitual en salir de su circunspección anterior a los conciertos. Nos dijo que se encontraba mal; pero se resistió a suspender el concierto, era  toda una profesional. A mitad de la actuación, en una interpretación muy particular de un solo de “Dire Strauss”, Mara, cayó desmayada en el escenario. Supuso un shock para todos nosotros, no digamos para el público, que se quedó estupefacto hasta que Mara se levantó. Entonces los aplausos sonaron estruendosos, Mara me miró guiñándome un ojo. Yo no estaba convencido que fuera una estratagema de diva.

    Un fin de semana, cuando el verano empezaba a despedirse de nosotros, tocábamos en el chiringuito donde nos conocimos de la Playa del Cable. El concierto de esa noche no era ni más especial ni menos que otros, pero  cerca  vivía una hermana del batería y a todos nos hacía ilusión tener una buena noche. Mara estaba como siempre en su retiro, encerrada en el baño; empezaba a tardar más de lo habitual y me dirigí  adonde  estaba. Ese día no cerró la puerta como solía, quizás fue un fallo, no lo sé, quizás lo hizo adrede, nunca lo sabré.  

      Abrí la puerta, entonces  la vi.

     En un rincón, como una piltrafa, Mara, mi chica, la mujer que nos llevaba fuera de este mundo cuando se encontraba con su guitarra, estaba metiéndose un “pico” de ese puto caballo. Cuando se dio cuenta de mi entrada, su cara cambió de color; con  vergüenza infinita, su rostro me suplicaba comprensión. Ella sabía que yo aguantaba todo, y todo es todo, en relación a las drogas, pero el caballo…, al caballo  no lo podía soportar. Había sufrido las consecuencias de su trote mortal entre amigos de Madrid y sabía que “picarse” era emprender una ruta sin retorno y no quería que ella fuera otra corredora en esa carretera al infierno. 

      Por supuesto, suspendimos el concierto con la comprensión del grupo

      Al día siguiente Mara se ofreció a desintoxicarse; sabía de sobra lo que para mi suponía su adicción. En aquel momento decidió que lo primero era yo, ni pensó lo que su incalculable talento con la guitarra suponía para todos. Eso le daba igual, según me dijo,  le daba igual la guitarra, le daba igual la música, le daba igual todo cuando se presentaba, monstruoso, el mono. Me suplicó, hasta la extenuación, que ella solo se desengancharía si la ayudaba;  tanta vehemencia puso que me convenció.

    La hermana del batería tenía una casita en Benahavis, alejada de jolgorios y rodeado de parajes hermosos. Pertrechados de todo tipo de calmantes y ansiolíticos, que un médico amigo nos recetó, para ayudarla en la despiadada lucha que se avecinaba, comenzamos el complicado proceso de salir del pozo en el que Mara había caído. Mis padres, sin saber todo, sabían lo suficiente para permitirme pasar esos días con Mara, sin recriminaciones de ningún tipo.

    Al cabo de una semana, entre vomiteras y tensiones insufribles, sufriendo con ella su desesperación mientras se enfrentaba al puto mono, pareció que presentaba alguna mejoría. Comenzaba a salir de la habitación, donde hasta ese momento pasaba todos los días, y ya permanecía algunos minutos en el salón, acurrucada a mi lado, sin hablar, sollozando, para luego volver a la habitación, hasta que yo subía a dormir.

    El siguiente sábado querían venir a vernos los chicos del grupo. Todos querían demostrarle su cariño y sobre todo su solidaridad en momentos tan jodidos. Mara me sugirió, cuando despertamos esa mañana, que comprara alimentos de los que le gustaban para preparar  algo de comer y lo cocinaríamos juntos. Tuve un “subidón” de alegría por su petición. Hasta entonces solo bebía leche y aquello era un aliento de ilusión para mi debilitada moral, después de tantos días luchando a su lado contra un monstruo demasiado peligroso.

     Cuando volví a casa con la compra, la llamé para que bajara a ayudarme en la cocina,  no me contestó. A veces se ponía los cascos para escuchar música, por lo que subí a buscarla…, y entré en la habitación.

     Mara estaba sobre la cama, blanca, con los ojos muy abiertos, quizás buscando el infinito, rodeada de frascos vacíos de “Lagartil”, “Lorazepam” y “Valium”. Maldito y maldito caballo, que te llevas galopando a personas, que me has robado a mi chica, que me has jodido la vida, solo porque ella fue débil y la sedujiste con tus putas mentiras.

     Ese día, de ese verano, de ese año, fue cuando muchos de nosotros nos dimos  cuenta del coste  de creerse libres.

      Pero a Mara, a mi chica; una joven que quería ser libre, que buscaba un futuro diferente, esa libertad le costó la vida y no fue la única, ni entonces, ni ahora,  porque el puto jaco, aún cabalga hoy en día, arrollando gentes.

Fernando Barata

fbarata52@gmail.com

España

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