El Domador

El circo de los hermanos Silva era famoso por su espectáculo de leones, en el cual las bestias mostraban su destreza brincando aros de fuego y caminando sobre dos patas. Recorrían la República Mexicana de norte a sur. Ulises Silva tenía más de veinte años siendo el domador del circo. Yo me escabullía detrás de las gradas para verle ensayar. Si tuviera que escoger cuál de sus prácticas me impresionó más, sería la siguiente:

Bajó las rejas de seguridad. Colocó el candado. Guardó la llave en el bolsillo de la camisa. La carpa estaba desierta. Le gustaba ensayar en la madrugada. Había indicado a los tramoyistas que pegaran la jaula de leones bajo la pista antes de que se fueran a dormir.

   Tomó el látigo y se aproximó a la jaula. Cuando llegaba un nuevo felino se debía domesticar junto a los otros antes de presentarlo en una función. Con los cachorros era sencillo, pero el león que habían traído ya era un adulto. 

   Abrió la escotilla y retiró el candado de la jaula. Ningún león salió. Acercó su cubeta de premios, más de sesenta cuadros de bisteck crudo. Lanzó un latigazo al suelo.

—¡Mane! —gritó. La leona más vieja salió de la jaula, subió por la rampa y se formó en una línea imaginaria. Arrojó un pedazo de carne que la bestia atrapó en el aire. La fiera dio un giro y se sentó.

—¡Kuwe! —un león de tres metros de largo salió de la jaula. Rugió. El domador dio otro latigazo al suelo. El felino bajó la cabeza y se formó junto a su compañera. Después de recibir su premio, se sentó.

   Los siguientes dos leones eran mellizos. Ashanti y Duma. Hembra y macho respectivamente. Eran obedientes, debido a que fueron criados desde pequeños.

—¡Madaki! —algo raro pasaba con el león nuevo. El domador se asomó a la jaula y de ella salió un hombre desnudo. Subió por la rampa, tenía la piel morena y los ojos leoninos.

—Dame las llaves —dijo el hombre, cuyas manos parecían garras.

   El domador suspiró y negó con la cabeza.

—Tendré que hablar con Kraven, es el tercer nahual este mes.

   Tomó la cubeta de premios y le arrojó su contenido al hombre, llenándolo de sangre y carne cruda. Este dio un paso hacia atrás, desorientado.

—Hora de comer.

   Se escucharon varios rugidos. Cuando el nuevo reaccionó, ya tenía a las cuatro bestias sobre él.

José Espinosa

jrspinoza77@gmail.com

México

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