El Camino a Casa

¿Tuviste la sensación de caer de tu cama? 

Acabo de tomarme un café. Le puse 6 cucharadas de azúcar y sigue amargo. Mi descanso termina en 5 minutos y el rincón de la sala de break parece haberse convertido en mi segundo hogar. Hay ojos en las paredes, que apuntan como un láser, sin control, sin alma y viajan tan rápido que es difícil esquivarlos. 

A veces me lastiman, cortan como navajas sobre la piel de un bebé recién nacido, y el dolor es tan penetrante que el alma llega a dolerme. Otras simplemente finjo que no lo hacen, que no duele y guardo el sentimiento en algún lugar para enfrentarlo más tarde, cuando pueda.

El reloj y las agujas me dicen que debo volver. Esbozo una profunda respiración, parafraseando un intento de controlar la enmarañada tormenta de emociones que me invaden, engañar a mi cerebro a veces resulta muy complicado, pero esta vez da resultado y me pongo de pie. 

Erguida e impulsada por mis ganas de vivir atravieso la puerta hacia el pasillo, del otro lado están las oficinas. La mía al final, en un rincón. 

A mitad del camino un lobo aparece, con papeles en la mano derecha y la otra en el bolsillo izquierdo y no lo miro, sin embargo puedo notar que me observa. 

Al pasar junto a mí oigo que inhala, de manera exagerada, como olfateando el olor de su presa. Bajo la mirada y sigo caminando para evitar la mordida. 

El pasillo termina y más lobos aparecen, sentados en enormes piedras, en árboles tan altos que no llegó a verlos, pero ellos si pueden verme. Podrían saltar sobre mi si quisieran, pero se contienen por mandato social de la manada. 

Tomo aire nuevamente y camino hacia ellos, con la mirada en alto para demostrar que no soy una presa débil, unos pasos marcan el recorrido a mi oficina y logro atravesar a uno. La saliva en mi boca toma un sabor amargo pero aún así la necesito para vivir. Sigo caminando y puedo oírlos murmurar, escucho que gruñen y el miedo en el pecho comienza a doler, también siento mareos como todos los días. Unos pasos más para llegar a mi lugar. 

Luego de tomar asiento mi corazón busca latir a ritmo normal, pero entre los muros que me protegen veo que se acerca un león, el rey de la manada, quién da las órdenes en aquel edificio y me mira, intimidándome para decirme que mi trabajo no es suficiente. El león sabe que puede hacer lo que quiera conmigo, después de todo ¿quién osa confrontar a un león?

Se acerca junto a mi, sin decir nada. Puedo sentir su respiración fría en el cuello y me hace temblar, me quita el aire y la sensación de mareo aparece nuevamente. Lo único que pienso mientras el león respira es “ya pasará”. 

Al finalizar la jornada, la jungla en la oficina finaliza su horario de atención y puedo volver a casa. Luego de atravesar a los lobos una vez más, abro las puertas y me aventuro a cruzar el mar, oscuro y helado que desemboca en mi hogar. 

Está particularmente oscuro. El tronar de los zapatos sobre el cemento duro hacen estallar la silenciosa noche, que como si fuese una manta fría y sin alma envuelve todo lo que encuentra. Escucho el crujir de las hojas detrás de mí, pero no quiero mirar. 

Entre los árboles una bestia deja escapar un aullido. Mi corazón se detiene por un momento y luego vuelve a latir, tengo la vista nebulosa pero aún así tengo que acelerar el paso, para huir de la bestia. 

El viento me da palmadas en la cara para recordarme que estoy sola. Mi mano derecha está sangrando, pero sigo apretando las llaves de casa tan fuerte como puedo. 

Un grupo de lobos están sentados en el piso bebiendo cerveza. Al olfatear la sangre arrojan las botellas contra la corteza de los árboles y se disponen a atacar, por lo que comienzo a correr. Ellos se acercan, son más rápidos, más fuertes, parece que no tengo fuerzas y el mundo se me cae al intentar controlar la respiración. 

Cuando todo parece perdido una puerta aparece frente a mi, y tengo la llave. 

Estoy viva, un día más.

Dan Mandora

danmandora@hotmail.com

Argentina

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