La Golosina

Mi hermana está en primer año de preparatoria, hace meses me confesó que había un chico de su salón que le gustaba mucho. Siempre hemos tenido buena comunicación, me platica cosas que tal vez no les diría a mis padres, lo cual me mantiene tranquilo, porque sé que puedo aconsejarla y cuidar de ella. Es como tener un poder que mis padres no tienen. Sin embargo, hace dos días llegó diciéndome que el chico que le gustaba se le había declarado, pero ella le pidió un par de días para pensarlo. Hoy es el tercer día. Usualmente llega temprano, sin embargo, ya se retrasó veinte minutos.  Hoy en el trabajo, escuché a mis compañeras hablar de la difícil situación en la que vivimos. Decían que esta semana hubo dos desapariciones.  Mi estómago me está matando. Siento como éste se retuerce en mi interior. No podía dejar de pensar que tal vez le ocurrió algo. Quisiera salir a buscarla, pero me da miedo que llegue y no esté ahí para recibirla. La preocupación me consume por dentro. Mi corazón se acelera y se me dificulta respirar. Le ruego a Dios por su bienestar. La llamé cuatro veces y me manda directo a buzón. Estoy alistándome para salir porque ya han pasado cincuenta minutos desde la horaen la que suele llegar. Escucho la puerta abrirse. Es ella. El alma me vuelve al cuerpo de verla íntegra.  

 —Disculpa que llegue tarde. Dejé ir un par de transportes porque, estaba hablando con Darío, el chico que te conté, mis amigas nos dejaron a solas en la parada del autobús. ¡Tengo muchas cosas que contarte! —me confiesa entusiasmada. Conforme la escuchaba me iba tranquilizando. 

—Quiero que sepas que me doy cuenta de cómo la vida va cambiando. Creo que me estoy volviendo más madura.

En ese momento mi paz se perturbó. 

—¿Por qué lo dices hermanita? —pregunté angustiado.  

— Verás, muchas cosas que no me gustaban antes, las disfruto ahora —mi cabeza se empieza a llenar de posibilidades infinitas del por qué llegó tarde.  —Cosas que incluso me daban asco.

Temo por ella, pues siempre ha sido muy inocente. Solo deseo que no se hayan aprovechado de su inocencia. Intento conservar la calma, la miro, toco sus hombros y le pregunto —¿hay algo que debas decir al respecto? — digo con seriedad. 

—¡Si! Estoy muy feliz, verás, cuando estaba con Darío y… 

—¿Y? ¿qué hermanita? ¡¿qué?! ¡¿qué fue lo que pasó?! — No podía con la angustia que seguro se reflejaba en mi rostro. 

— Le di el sí. Además, probé algo que me ayudara a endulzarme la vida —metió la mano en su mochila para sacar algo. 

Me imaginaba lo peor, no podía aceptar que mi joven hermanita, a la que vi crecer, ya se había convertido en una mujer. Fueron los segundos más eternos de mi vida. Cerré mis ojos. 

—Ahora entiendo por qué los adultos lo aman tanto —puso bolsitas de plástico en mi mano, abrí primero el ojo derecho, luego de un par de segundos el izquierdo.  

—Darío me los regalo. Se los compró a un vendedor ambulante y me los dio a probar. No entiendo como no me gustaban antes.

Eran dulces de coco. 

—Supongo que estos cambios son parte de crecer — prosiguió.  Luego de ver a que se refería, la tranquilidad me regreso al cuerpo, de la nada solté una carcajada, ella me miraba extrañada. La abracé con fuerza y le pedí que se cuidara mucho.  

“No saben cuánto amo la inocencia de mi hermana”.

Astrid Resendiz

resendiz.r.astrid.g@hotmail.com

México

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