La Seguridad que en sí Misma se Consume

– ¡No veas eso!

– ¿Qué?

– Nada, creí que iba a aparecer otra cosa.

Estas son las palabras que quizá muchos recuerdan de cuando sus padres los ”protegían” de lo que para ellos no era más que perturbaciones salidas de las indomables mentes del editor de un programa de televisión, que, en la contienda frente al libreto, creía pertinente subrayar con el color del realismo sus escenas. Escenas que, si bien eran gráficamente bastante sugestivas, para el infante no serían más que el levantar de una ceja ante el gesto avergonzado o la reacción graciosa de sus progenitores cuando estas eran transmitidas sin previo aviso en la pantalla.

El horario familiar era la hora plena para compartir frente a la ”niñera electrónica” sin que hubiera el riesgo de luego tener que explicar en medio de tartamudeos las escenas que los hijos presenciaban y que, según la normatividad del ”eso está mal”, no debían presenciar. Una normatividad que luego se volvió tan sugerente que le dio sentido al ser humano y por ello mismo, por el hecho de existir ya merecía un nombre, se le llamó: censura. ”La censura nos protege”… Según su ideal.

Pero, sorpresa, cuando se supone que los programas para ”adultos” empezaban en la noche, por eso de las 17:00 ya nos sentábamos frente al televisor (aún con el uniforme del colegio puesto) a ver personajes como Goku de Dragon Ball Z siendo asesinados en la más sangrienta pelea que no dejaba nada a la imaginación. Teníamos a programas en que las groserías eran un recurso algo más humorístico que terminología peyorativa. Y ni qué decir de las historias que cuentan nuestros padres sobre cómo en su época la agrupación Colombiana aterciopelados sufría de aquella prohibición acústica. ”No escuchen a Andrea Echeverri”. Sonaba la misma sentencia en varias casas de todo el territorio nacional a finales del milenio pasado. Uhh, la censura es tan limitante…

¡Pero igual! Luego camuflaban sus canciones para escucharlas a escondidas, igual nosotros veíamos muerte en la televisión e igual ahora con todas las numerosas reglas que exigen frente a ello, no se puede perecer en un mundo algo, acolchado. Porque despierta más el morbo lo que se oculta de lo que se elimina por completo. O quizá puede que sea al revés.

En ese caso, la censura aplica solo a unos pocos. A conveniencia. Por supuesto.

Pero, ¿con ello creamos insensibilización, o estamos acostumbrando a demasiada sensibilidad? Personalmente me debato sobre ciertas manifestaciones y sí, estoy pensando en los niños. Pero igual ahora las personas están algo acostumbradas a que todo debe hacerse de cierta manera y… odio las limitaciones. Siempre he superpuesto el ejemplo de que la vida no tiene ciertos filtros, pero escribiendo esta columna comprendí que eso también es mentira. ¿Por qué? Bueno, porque no solo hay censura del tipo entretenimiento está la política, la social, religiosa, moral y todos los etcéteras que se les ocurra. Casi que digo que cualquier expresión que usted imagine ahora mismo, algún grupo en algún lugar del mundo está queriendo que tenga algún tipo de censura.

Pero, también cuida a quienes no han desarrollado del todo la plenitud, o no han diferenciado lo real de la realidad. Por ello, las políticas que regulan contenidos -como las que hay en redes sociales de escritura (por citar un ejemplo) como Wattpad- sirven como un filtro que solo deja pasar lo que es ”para todo entendimiento”. Piense usted ahora si tuviera -o si tiene- hijos que ingresan a la plataforma, y con base al algoritmo, entre las historias más destacadas regulan los dramas sexuales o las crónicas violentas. Y claro, como todo padre se asegura de que su hijo o hija crezca con la cordura necesaria como para no ceder ante el orden social, cuando se rebele en épocas de la adolescencia. 

Pero fuera de leyes, nada nos cohíbe de hablar o mostrar lo que queremos, ¿cierto? …Hmm

¿Y eso afecta nuestra libertad? Nuestra libertad de crear, sí. Nuestra libertad de ser… también. 

Danilo Peralta

sheykah.danilo@hotmail.com

Colombia

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