Cadáver de Mármol Blanco

Me paralicé. Como en aquel momento, en aquel instante, me paralicé. Mis músculos están duros como piedra como ese día. El blanco de mi pollera, con el blanco de mi piel, con el blanco de la pared fría, dura y áspera (que por momentos me sostenía, pero a la vez no me dejaba escapar) se fueron fundiendo en mi cuerpo hasta volverme de piedra. Y el espejo… el espejo me miraba de frente en aquel infinito pasillo, mudo, helado, impoluto, reflejándome tan paralizado como yo.

Apenas algunas palabras temblorosas salían de mi boca porque cada vez que separaba los labios en mi garganta se abría un túnel que tragaba toda emoción, pensamiento o voluntad que surgiera en mí, como si fuese un agujero negro. Tan poco sé de éstos últimos como del paradero de toda esa materia oscura que se arrastró dentro mío, aunque sospecho que mora en algún recóndito rincón de mi ser. Quizás sea la energía que impulsa ese llanto ahogado que permanece constantemente activo en mi pecho. Tal vez sea la lava que mueve mis capas en el interior y provoca el temblor. Quizás sea el material del que se nutre mi miedo para hacerme llegar a niveles de pánico tan altos que destroza toda unidad espacio-temporal en mi percepción y me sumerge en las más profundas y vívidas reminiscencias.

Ha pasado tanto tiempo… pero al parecer el agujero es súper masivo y nunca se detiene. Nunca deja de devorar. Y así, pasan los años y yo sigo en el mismo silencio, estupefacta, sin movimiento. Continúo disociada: no hay relación ni coherencia entre mi cuerpo, mi mente y mi alma. Sigo anclada en la inmovilidad, dividida, atada a una fúnebre quietud.

He pensado en la muerte, la he buscado e invocado, invitándola a cumplir sus labores para conmigo muchas veces. Sin embargo, no ha accedido y, aunque creí que era un buen gesto de su parte, ahora comprendo que es todo lo contrario: ¿para qué esforzarse en matar a alguien que ya está muerta en vida? No es negocio para la dama de negro.

Mi cuerpo es como un cadáver de mármol blanco, como una estatua cataléptica que a veces libera espasmos que la devuelven a la vida, no sin antes atravesar los más oscuros misterios que encierran los cementerios. El corazón se me hincha, se me hunde el estómago, me quiebro en mil pedazos. Todo sucede como en un grito, como en un suspiro salvaje, y luego me vuelvo a petrificar.

Agonizante voy transitando los días arrastrándome a través de las horas. Voy como si un sepulturero (de aquellos de los que Shakespeare ha hablado alguna vez) me llevara con una soga del cuello deslizándome por el suelo directo a la tumba. En el camino me voy desarmando y perdiendo todo; se me van deshilachando los sentimientos, los recuerdos, los logros, las alegrías… “¿Qué? ¿Qué dice? ¿Qué un cadáver no puede tener alegrías ni ninguna clase de sentimientos? ¿Eso está diciendo? ¡Qué sabe usted, si nunca ha estado muerto!”.

Los años transcurren en una ciclicidad interminable para mí, girando en círculos tiranos y torturadores. La Rueda de la Fortuna me observa como el espejo, distante. Se mueve a pesar de mí, en contra de mi voluntad, mientras yo me mantengo quieta, tiesa, como nada en el universo. Estoy crucificada contra un cuerpo que no es mío, sangrando el dolor de sus ultrajes, pereciendo en un presente que es pasado mientras se apaga lentamente, a cada instante, como mi ser, ese futuro que no tengo.

No hay futuro… no hay futuro para mí.

Aldana Perez

administradores@plumys.com

Argentina

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