En el Filo de la Montaña

El peor agobio de todos, era haber vivido como humano.

Truenos ensordecedores y vientos abominables, los susurros de la montaña para los hijos de la tierra. Blanco de la nieve, explosión sorda, ventiscas que castigan los cuerpos de quienes transitan en el baldío de las montañas.

El cazador había caminado envuelto en pieles que no soportaban el desalmado murmullo de los vientos helados, su nariz se había hecho roja en contraste con su carne pálida. Su cabello era un tumulto enmarañado por el frío. Y su rostro rodeado por la escarcha del hielo.

Con sufrimiento y pesar, se adentró en una cueva, abrazando su cuerpo por el incesante dolor que recorría su carne. Su estado no había sido nada en comparación con aquello que perseguía, el espectro que habitaba las montañas, el castigo de los hombres y devorador de animales.

Las huellas habían persistido entre la nieve, pero mientras transitaba sobre las gigantescas formas, en el cielo una tormenta se había anclado entre crepusculares nubes opacas; Nacida del norte, el rastro del espectro desapareció en la faz de los vientos.

Dentro del refugio de la cueva, en torno al oscuro sepulcro de muchos otros desafortunados que eran consumidos por la tierra, los esqueletos lo recibieron sepultados en sus propias siluetas. Miró a favor del viento, donde esbeltas sombras desaparecían y reaparecían en misteriosas formas de toda su visión, mientras el eco de su murmullo pretendía callar al crepitar de los esqueletos a sus espaldas.

Al abrir su boca, el aire se desprendió en claras oleadas de vapor blanco, y sus dientes chirriaron con el frio. El hielo se formó en colmillos traslucidos sobre sus labios donde su lengua rasgó. La sangre caliente fluía en su boca al saborear la esperanza, se cubrió con sus manos del fulgor interno de su cuerpo. Haciéndose una manta roja de su propia sangre.

Los esqueletos resonaron en su espalda, con temor giró al imaginar la vida que en ellos volvió, desprendiendo la daga de su cinturón y reluciendo contra sus manos en sangre. Los huesos repiquetearon entre ellos, y las calaveras miraban expresivamente a su rostro, de cuencas vacías y el mentón abierto, los cráneos burlaron a su destino.

La sangre se entremezcló con sus dientes, amarillos como el pus, de su mentón corría como una cortina, el calor comenzaba a envolverlo mientras pasaba la daga entre sus manos.

Un oso resopló en el final de la gruta, el gemir de su letargo alertaba al cazador, en el pelaje de la bestia un nuevo interés halló. Miró hacia atrás, el viento sopló en dirección opuesta, donde las sombras se erguían en inclinación a la cueva… Parecían encerrar al cazador, donde las calaveras aun miraban a su expresión al burlarse con crueldad.

Callando a las risas de las calaveras, se arrojó contra el oso durmiente y colocó la daga contra su cuello, lo degolló al dormir y el animal despertó para ahogarse en su propia sangre. El filo cortó su carne y repasó un cruel dibujo contra su propio pelaje.

Al prolongarse la tormenta, un oso asomó la mirada fuera de la cueva, pero el animal bajo su piel era el cazador en los fluidos de su presa. Envolviéndose en la piel del animal, el cazador sintió calor en su helado cuerpo y una vez más buscó al espectro. Entre arboles deformes por la ventisca, los vientos movieron de lugar a los cuerpos naturales, cubriéndose en blanco; El cazador persiguió al aullido gutural y rabioso de algo desconocido entre la nieve.

Perturbado, alcanzó a rozar árboles en su último andar. Donde la montaña se perdía en la reunión que los árboles hicieron y, alarmados por la presencia del hombre, se camuflaron entre la nieve. El cazador resoplaba y rugía, llamando a la criatura.

Y las bestias lo escucharon, lobos emergieron de la tela opaca natural, donde la naturaleza convertía la pureza de la nieve en la oscuridad de un día cegado. El cazador rugía contra los lobos y estos le devolvieron su sentir, el miedo precedió a su valentía por sobrevivir. Pero los árboles volvieron, presenciando el ataque de los lobos, al escabullirse de entre la nieve y contemplar a bellas criaturas que iban a ser destruidas por una bestia.

El cazador despedazó a uno de los lobos y lo alzó por encima de su cabeza, rugiendo y proclamándose rey de la montaña, parecía hacerse gigantesco ante los lobos y estos corrieron despavoridos. Gimiendo al huir, sus patas hicieron huellas que desaparecieron a favor del viento.

Victorioso, miró que los árboles aun atormentaban su visión, sin protestar al huir entre la nieve y la tormenta. Sus ramas susurraron al roce de sus propios cuerpos. Alargados y anchos brazos crecieron en los árboles, sus oscuras siluetas se deformaron sin mostrarse temerosos a favor del viento, y sus ojos lo miraron a él. 

Soltando el cuerpo del lobo contra la nieve, mientras la blancura se teñía de carmesí, sintió pavor ante ojos brillantes como zafiros. Y la figura se reveló de entre los árboles, prosperó al ponerse de pie y cruzó ante ojos del cazador. Gigantesca, la silueta era imponente, sus ojos se centraron en el cazador al mirar su pequeño cuerpo.

El cazador se arrodilló y pidió perdón, pero la figura no reconoció el lenguaje del hombre. Inclinándose, sujetó al cazador, este sintió manos heladas sobre su carne… Un frio inenarrable que embistió a la tormenta. Alzándolo sobre su cabeza, el cazador miró hacia abajo, contemplando una boca que se abrió y reveló dientes como calaveras que se burlaban de él. Gritó despavorido al sentir su miedo consumir su carne, y la silueta lo llevó ante sus ojos donde se reflejó el espectro de un cobarde. El cazador miró a la criatura al sentir el sol asomarse de entre las nubes. Y la criatura era gigante, de piedra robusta como su pelaje, y de nariz ancha. 

La bestia lloraba, sus ojos eran cristalinos por lágrimas de un gigante, y mostró en su mano al oso despellejado y al lobo despedazado. La bestia sollozaba y susurraba en un lenguaje antiguo. Pero el hombre no comprendía el lamento de la bestia, así como la bestia no comprendía la falta de humanidad en el hombre.

Pero lo que el hombre sí reconoció, fue el rugido en el estómago de la bestia… El hambre que esta sintió. Más alarmante había sido, observar que la bestia enterró a los animales y solo se lo llevó a él… Habiendo desaparecido en la tormenta, habiendo sido consumido por la nieve.

Y el gigante de piedra caminó, sacudiéndose la tierra y la nieve bajo sus pies, dejando huellas que el cazador había reconocido. Las huellas de la presa que había perseguido. Su miedo lo desnudó, el frio lo castigó, y el espectro de las nieves lo consumió. 

Con el viento susurrante, y la tormenta disipándose, la imponente silueta había desaparecido. Los animales aullaron al cerrarse el cielo para ocultar celosamente el sol. El palpitar de la montaña desapareció, el sucumbir de la tierra y la nieve acalló. Entonces, nadie volvió a escuchar del cazador.

Isaac Medina

takumielser777@gmail.com

Venezuela

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