Hace Siete Años

El viento intenso que siempre sopla en ese preciso punto de la ciudad hace que su cabello se enrede en su rostro, se detiene un momento, saca una liga de su bolsillo y se recoge el pelo en una cola alta. Lleva su bolso para adelante, lo abre y esculca, pero antes de encontrar algo, su mirada es llamada al otro lado de la calle; un hombre pálido, delgado, de una estatura promedio y con un suave temblor en sus manos, camina lentamente esquivando a unos niños que corren; es el novio, o mejor, ex novio de su mamá, el único que la acompañó en sus últimos días; se ve que los años no han sido amables con él. 

El hombre entra a una tienda de llamadas e internet, así que Clara decide esperar en frente, recostada sobre un pequeño muro al otro lado de la calle. “Pobre hombre”, piensa Clara, “todo lo que tuvo que sufrir después de la muerte de mi mamá. ¿será que aún le pasa?”. Su mente pone una imagen frente a ella, un recuerdo incómodo que a veces ignora, pero ver a Gonzalo le revive esas sensaciones de miedo y confusión; la imagen es de hace siete años, del día que Clara tuvo que ayudar a ese pálido hombre y redimir a su mamá. 

Hace siete años el cabello de Clara no era tan largo como actualmente, apenas y le rozaba los hombros; hace siete años, tenía un aspecto más saludable, sin duda estaba más delgada. La noche de su recuerdo tenía puesta una chaqueta de tela negra, larga hasta arriba de las rodillas, un jean, zapatos deportivos y en su mano, una bolsa de papel. Recuerda los minutos que se quedó parada detrás de una pequeña reja verde, al otro lado de un antejardín de cemento, curiosamente las plantas solo estaban enredadas en la reja; lentamente empujó la pequeña puerta y avanzó hacía la casa. 

Una mujer diferente a la que Clara había conocido días atrás la recibe con mucha amabilidad. 

—¡Ay! hija, llegó temprano, siga, siga. —la tomó de los brazos y la entró hasta una pequeña sala muy iluminada—, Beti está terminando con un cliente, limpia y subimos, ¿quiere un tinto? 

La mujer se fue sin esperar la respuesta de Clara. 

El ambiente del lugar era muy distinto a la primera vez que estuvo ahí; esa vez se sentía más pesado, como triste. La bolsa de papel descansaba a un lado de sus pies y mientras esperaba, verificaba que sí había llevado todo lo que encontró en la casa de su mamá.

Gonzalo sale de la tienda de tecnología y comienza a caminar hacia el sur; Clara aún no se decide si hablarle o no, así que solo lo sigue desde la distancia. Unos minutos después llegan a una plazoleta, por un segundo Gonzalo voltea a ver hacia atrás, pero Clara gira también escondiendo su cara; ahora el destino del hombre es el banco. Ella espera observando desde unos metros atrás. 

“¿Cómo ha sido la vida de Gonzalo este tiempo?”, piensa Clara fumándose un cigarrillo, “¿por qué nunca me interesé en él después de esa experiencia?”; aún recuerda con mucha claridad el día en el que él fue a pedirle ayuda:  

Eran las cuatro de la tarde más o menos cuando el timbre de la casa de Clara de hace 7 años, sonó; precisamente una de las cosas que siempre le ha molestado, es que toquen el timbre cuando no está esperando nada o nadie; la persona en la puerta era Gonzalo, su aspecto era muy demacrado, con grandes bolsas bajo los ojos y unas arrugas marcadas como si en dos meses desde la muerte de su mamá, hubiera envejecido cinco años. 

Ella lo invitó a pasar preocupada por su nerviosismo y le sirvió un vaso de jugo. Ya en la sala el hombre titubeaba, hasta que finalmente, después de unos minutos habló:

—Discúlpeme Clarita por venir así, —sus manos temblaban impacientemente—, pero lo estuve pensando bien, y creo que usted es la única que me puede ayudar. 

Clara lo vio muy mal, no se parecía al hombre que conoció hace tantos años, al novio que acompañó a su mamá en los últimos días de su cáncer.

—Gonzalo … ¿qué tiene? ¿por qué está tan acabado? Yo creí que después de la última vez que hablamos usted estaba mejor. 

Todo el cuerpo de Gonzalo temblaba de una forma muy extraña, Clara se preocupó aún más al ver lágrimas en sus ojos; en cuestión de un minuto el hombre estaba bañado en sudor.

—Tranquilo, tranquilo Gonzalo, respire profundo.

El hombre se calmó y Clara continuó.

—Cuénteme todo, usted sabe que puede confiar en mí. 

—Clarita, lo que pasa es que … desde que su mamá murió yo no he podido dejar de verla. 

Por un momento Clara no entendía a qué se refería Gonzalo con “no he podido dejar de verla”, y la posible respuesta la asustaba. 

—La veo en todas partes, pero en especial cuando estoy en mi casa, antes de dormir o temprano en la mañana, —se cubrió el rostro y las lágrimas con sus dedos huesudos—, la veo sentada en el bordo de la cama mirándome, no importa lo que yo haga o lo que yo diga, solo me mira. No puedo dormir o comer sin sentir que ella me está mirando. 

—Gonzalo tranquilícese, esto debe tener una explicación, —le aseguró Clara, mientras pensaba en lo que había leído de psicología y lo que había investigado sobre el duelo—. ¿Ya buscó un psicólogo?, yo conozco una que es muy buena con temas de pérdidas, me ha ayudado mucho…

—No Clara, —la interrumpió—, esto no es algo de psicólogo … ¿cómo le explico?, su mamá tenía unas amigas, unas señoras que hacen cosas por el estilo. Yo creo que su mamá me hizo algo y ahora que se murió, eso me persigue. —enterró su cara de nuevo en sus manos llorando.

Clara no sabía qué pensar, toda esta situación se le hacía muy extraña ¿Qué podría haberle hecho su mamá?

—No entiendo Gonzalo.

—Yo creo que su mamá me hizo brujería. —respondió el hombre muy serio, mirándola fijamente a los ojos. 

—¿Qué?

—Yo amé mucho a su mamá, pero ella era muy celosa, —la tristeza de sus palabras era palpable—, no me extraña que me haya hecho algo, pero ahora siento que me está enloqueciendo. Ayúdeme mijita. 

Clara decidió ayudarle, su intención al principio fue llevarlo a un psicólogo; sin embargo, en los días siguientes a la visita de Gonzalo, empezó a soñar con su mamá, vestida de negro, con la ropa gastada y muy demacrada; la preocupación de esa imagen le hizo creer la historia de brujería y por lo menor intentar ayudarlo de verdad.

 Después de media hora de espera, Gonzalo finalmente sale del banco y comienza a caminar en la misma dirección por la que llegó a la plaza, Clara lo sigue con varios metros de distancia; no puede evitar sentirse extraña haciendo toda esta persecución, tratando de encontrar las fuerzas para poder acercarse y hablar con él. Unas cuadras más al oriente, Gonzalo llega a una calle angosta, llena de cafeterías y restaurantes, se acerca al café de la entrada más pequeña y se ubica en una de las mesas cercanas a la puerta. Clara se siente ridícula por un momento, esta debería ser la oportunidad para acercarse, pero un pensamiento le llega a la mente, “¿qué tal sí…?” Decide meditarlo en el café de enfrente, oculta tras un aparador de vidrio observa al Gonzalo; el hombre no hace nada, no se mueve, solo alza su mano para llevar la taza a su boca y regresa a su posición con la mirada perdida. “¿Qué tal si lo que hice ese día no funcionó?”, piensa Clara, en su momento parecía que sí; esa sensación de angustia y miedo que vivió hace tantos años se apodera de ella otra vez, lo que hicieron esas mujeres tuvo que funcionar. 

Después de que la mujer que le abrió la puerta le entregó el tinto, un olor a tabaco llegó hasta ella; otras mujeres empezaron a llegar, pero subían directamente al segundo piso, no tuvieron que esperar como ella.  

—Muchacha, —dijo la mujer del tinto—, ¿que si trajo todo lo que le dijo Beti? 

—Sí, todo lo que encontré. 

La mujer le hizo un gesto y la dirigió por las escaleras; el segundo piso no tenía nada especial, era una casa común, un pasillo y varios cuartos. Beti y las otras mujeres estaban en el tercer piso, detrás de una puerta de madera y una reja blanca, estaban ubicadas en círculo. Clara entró con mucho temor, en ese momento no se sentía segura del todo, solo estaba siguiendo lo que ella creía que significaban un par de sueños. 

Beti llamó a Clara al centro del círculo donde estaba una olla vieja, negra a su alrededor y muy gastada, en total eran unas 10 mujeres reunidas, ninguna a quien Clara pudiera reconocer.  

—Muéstrame lo que encontraste. —Dijo Beti con una voz áspera, como la que tiene alguien que ha fumado toda su vida.

El lugar está iluminado solo por un bombillo amarillo muy pequeño, las demás luces venían de velones gastados repartidos por todo el lugar. Clara abrió la bolsa de papel, luego abrió la otra bolsa y sacó el primer objeto que encontró en la casa de su mamá: 

La primera vez que Clara habló con Beti, ella le confirmó lo que Gonzalo le había dicho, su mamá había hecho algunos amarres y conjuros, y para aumentar la decepción de Clara, Beti le indicó que debía buscar en todos los rincones de la casa de su mamá por algunos objetos amarrados y escondidos, fotos, ramas, paquetes de tela y cosas así. “Busque en las matas” le dijo cuando la despidió en la puerta del antejardín. 

La casa de su mamá era un piso amplio, con una sala iluminada gracias a un techo traslúcido, cómodas sillas de jardín y muchas plantas; lo primero que hizo Clara fue escarbar entre las matas, en la tercera matera encontró un ave muerta, parecía un colibrí, atada con hilos de diferentes colores y con un nudo especial sobre el pecho donde los hilos se cruzaban; Clara nunca supo para qué era ese conjuro en específico, ni tampoco quiso preguntar. 

El segundo conjuro que encontró fue el de Gonzalo, no hubo duda; tuvo que sacar toda la tierra de una planta alta para encontrar justo en el fondo, una bolsa de plástico blanca que guardaba otra bolsa de tela roja, adentro Clara encontró la cabeza de una muñeca de plástico: el cabello había sido arrancado, al igual que los ojos, en la frente tenía una foto pequeña de documento clavada con un alfiler, la persona de la foto era Gonzalo, el alfiler también atravesaba la frente del hombre; en la parte de atrás otro alfiler sostenía una foto de la mamá de Clara. “¿Por qué mamá había hecho eso?”, hasta ese momento una parte de Clara esperó que todo fuera coincidencia, pero no, su mamá había sido capaz de condenar a un hombre a prácticamente la locura. 

El tercer objeto estaba en una pequeña planta, sobre la nevera, en la cocina; en una bolsa plástica pegada a un costado de la matera había una bolsa verde de tela de paño, adentro había diferentes tipos de granos, por lo que pudo sentir, estaba lleno de lentejas, fríjoles, y otro grano redondo que no pudo identificar, estaba atado con un cordón amarillo, y sostenía varios billetes de distintas denominaciones y épocas; “para la suerte”, pensó Clara. 

El último objeto lo encontró después de voltear todos los muebles, bajar cuadros de las paredes y esculcar cajones; en el patio siempre hubo un árbol de brevas que cada tanto dejaba que la mamá de Clara hiciera un rico postre, sin embargo, esa vez las brevas no estaban, el árbol parecía estar marchito, como si sus ramas cayeran tristes a sus costados y todas las hojas estaban en el suelo, era una imagen de muerte. Arriba en una de las ramas más altas, Clara vio una bolsa negra donde estaba el último objeto, tenía una serie de hojas atadas, todas de diferentes plantas; solo pudo reconocer la de menta, eucalipto, las de romero, y lavanda, en el medio había un pedazo de papel, no le pareció tan extraño como los otros así que lo abrió y leyó la nota, no era nada fuera de lo normal, tenía escritas palabras como: Salud, abundancia, dinero, palabras de cierta forma más comunes; allí pensó en que tal vez la intención de su mamá nunca fue herir a Gonzalo, tal vez ese conjuro era algo que ellas usan normalmente en el amor, y tal vez lo que había en la cocina era para tener siempre comida en casa, aunque al ave nunca le encontró explicación.

Los cuatro objetos fueron arrojados dentro de la olla del ritual, en medio de la terraza de Beti; la bruja le pidió a Clara que se hiciera junto a ella, luego derramó un líquido blancuzco en la olla y regresó al círculo. El corazón de Clara palpitaba muy fuerte, todo su cuerpo temblaba con cada latido, ni siquiera tenía saliva para tragar, por un momento creyó que los nervios la harían desmayarse. Todas las mujeres sacaron un cigarrillo de tabaco, Beti fue la primera en encenderlo y con el fuego de su cigarro, encendió el de la mujer de su derecha y ella a la de su derecha, así hasta que una a una cada bruja prendió el tabaco; rápidamente el humo se apoderó del lugar, Clara se sintió mareada por unos minutos, pero logró recuperarse; las brujas estaban soplando el humo hacia la olla mientras murmuraban palabras, Clara no pudo oír nada en específico, tal vez estaba muy mareada para entender; a los diez minutos hubo un sonido que silenció el lugar, desde la olla se oyó cuando su interior se prendió en llamas, ese sonido grave que solo hace el fuego cuando se enciende retumbó en la terraza por un minuto; llamas que salían de la olla y que se movían frente a Clara iluminaron todo el lugar, un fuego que nadie encendió, pero ahí estuvo flameante. Los tabacos se consumieron en una media hora y el fuego se apagó tan pronto la última colilla cayó al suelo.

—Ya eso que queda ahí toca botarlo por el inodoro o por un río, por donde corra el agua, mejor dicho, —Beti sostenía la olla y los cuatro objetos se veían quemados en el fondo—, por acá cerquita hay una toma de agua, mañana la llevamos en un ratico. 

Clara no recuerda qué más pasó ese día, no recuerda muy bien el resto de cosas que le dijo Beti, o lo que le dijeron las demás mujeres, no recuerda cómo bajó las escaleras, o cómo salió, lo último que recuerda de ese lugar es mirando atrás desde la puerta del antejardín, el humo aun saliendo de la terraza y el corazón de Clara confundido y aliviado. 

Siete años después Clara ve como en el café de enfrente, en esa calle angosta del centro, Gonzalo se levanta de su puesto, paga y sale caminando tranquilamente; ella hace lo mismo, pero esta vez no tiene intención de seguirlo, solo de desearle suerte en la distancia y sobre todo mucha paz, los años claramente no lo han tratado bien y sin explicación aparente ella sabía que el trauma de esa experiencia lo había marcado para siempre, ella como Gonzalo dejaron que el tiempo curara sus heridas, pero ahora logra entender que el tiempo es uno para cada quien y como hay cicatrices que no se notan, hay otras que dejan queloide y para esas no hay brujería que valga.  

Gonzalo se pierde entre la gente mientras Clara avanza en la dirección opuesta, a pesar de todo, este encuentro le ha dado tranquilidad, además pudo recordar que desde ese día hace siete años, cada vez que sueña con su mamá, ella siempre lleva puesto un vestido blanco. 

Sebastian Hernández

sebas.hernandez33@gmail.com

Colombia

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