Entre Rascacielos

Esta mañana cuando la alarma sonó a las ocho, Marlon ya había despertado hacía veinte minutos atrás, estaba enérgico y con una sensación de gratitud; el dolor de cabeza que siempre lo acompañaba de manera rutinaria había desaparecido por completo, otra cosa buena de las tantas que empezaron a pasarle desde que llegó a vivir a ese pequeño apartamento, ubicado en la calle W186th del barrio Ford George en la exclusiva isla de Manhattan.

Llegó a la gran ciudad cuando acababa de cumplir 12 años, junto con sus papás iban en la búsqueda de un futuro mejor, que el que les ofrecía su ciudad natal en México. Tras 10 años de ires y venires y gracias a la asesoría de un pariente residente lograron su visado de permanencia. 

Pasó su adolescencia viviendo el sueño americano, se ubicaron en el East Harlem, un sector colorido donde convive una gran comunidad latina, en su mayoría puertorriqueños y mexicanos. Estudió en escuelas públicas, hizo algunos cursos en universidades comunitarias, sin éxito alguno; después de un año sabático y muchas series policiacas terminadas, Marlon por fin supo a qué se quería dedicar. 

Les dijo a sus papás que, programas como CSI, La Ley y el Orden, Blue Bloods, Castle, Bones, The Blacklist y hasta Brooklyn Nine Nine, entre muchos más que devoró encerrado en su cuarto, le habían despertado un profundo deseo por ser parte de la actividad policial; todavía recuerda la hipócrita sonrisa de su padre y los labios apretados de su madre mientras suspiraba y pensaba quién sabe qué cosas.

Y bueno, tenían razón, ser un oficial de policía en una ciudad como New York no es fácil, había que pasar una serie de requisitos y documentos de alta rigurosidad, Marlon solo completo un 70%, no lo logró. Se afectó tanto que padeció principios de depresión y migraña, junto con uno que otro episodio de gula, sin medida se atragantaba a media noche con lo que encontraba en la cocina. 

Pasó un mes, en una de esas visitas al refrigerador tuvo ganas de salir, quería caminar, observar un poco el mundo del que se había escondido. Era marzo y la primavera estaba empezando, es el momento justo donde los arbustos y jardines florecen de un día para otro, los cerezos se pintan de colores, mientras el frío parece opacado por la viveza de la poca naturaleza que se mueve en medio de rascacielos, humo blanco y olor a pretzel quemado. 

Serían la 1:00 de la mañana cuando Marlon emprendió un camino sin ningún destino, ajustó su chaqueta y entrecerró los ojos al sentir el viento frío golpeando su cara, aún no había avanzado más de una cuadra pero ya estaba disfrutando del paseo nocturno, después de prácticamente treinta días sin tener contacto con las calles, se sintió muy bien volver a ellas.

Caminó como media hora hasta la Quinta Avenida, se detuvo exactamente en el Museo de Arte, pasaba muy seguido por ahí, constantemente estaba atiborrado de turistas (le fascinaba mezclarse con ellos), personas de todos los lugares del mundo que no lo dejaban levantar su mirada tranquilamente, para admirar a simple vista la belleza y majestuosidad de esta edificación, que por fuera parece un castillo romano moderno, toda una obra de arte a la vista de todos y esta vez estaba sola para él; había un ambiente callado, esta es la ciudad que nunca duerme, pero a horas de la madrugada se puede disfrutar de una serenidad entre susurros callejeros y uno que otro auto pasar.    

Los árboles empezaban a florecer pero el frío del invierno que acababa de pasar aún estaba presente, de casualidad la chaqueta que llevaba tenía unos guantes de lana en el bolsillo, mientras se los ponía continuó admirando su alrededor, posando fijamente sus ojos en el Central Park, que está justo frente al Museo, se veía deliciosamente cómodo, tanto que sus pies se movieron hacia esa dirección, el parque urbano público más grande de la ciudad. 

Al adentrarse lo invadió un sentir de calma, gusto y hasta romanticismo, durante toda su vida tuvo un par de romances (fallidos), lo suficientemente intensos para suspirar pensando en ellas, continuamente paseaban por este lugar; «qué rico huele» pensó por un momento mientras caminaba entre árboles con flores moradas en todas sus tonalidades; lo que olía Marlon era a naturaleza fresca, a nueces, a pasto, a libertad; aparte de pensar en su historial amoroso, reflexiono en lo increíble que es ese parque, su grandeza, su amplitud y más espectacular aún, lo que lo rodea, una ciudad tan grande, tan culta, tan deliciosa, tan dinámica, tan coqueta, tan de todos, tan de nadie. 

Se sentó en una de las tantas bancas que rodean este parque y se echó a reír al recordar, ese capítulo de Friends donde Phoebe y Rachel corren por esos mismos caminos de manera alocada. La carcajada es detenida por una ardilla que se movía de manera inquietante junto a un gran árbol, parecía que tenía entre sus manos algo más que una nuez, al acercarse se percata de que efectivamente estaba jugueteando con una billetera, las ardillas del Central Park no son nada tímidas y Marlon tuvo casi que tomarle del pelo con algunas ramas y semillas de nueces, para que soltara esa pequeña cartera que parecía tener varios documentos. 

Efectivamente así era, al explorarla encontró la tarjeta de residencia de una señora que según decían los papeles tenía 48 años y era puertorriqueña, tarjeta del seguro, fotos familiares, recibos de medicamentos; entre esas cosas varias, halló la tarjeta de un jardinero, fue la única que dejó por fuera de la billetera, su plan era llamarlo para ver si conocía la señora y hacer que alguien recuperará sus documentos sin que hiciera trámites, sobre todo un migrante. 

¡Eureka! Sí la conocía y no solo eso, era su esposa; los recibos de medicamentos eran irrecuperables, se los habían entregado en Washington, para reclamar en New York la medicina que aliviaría un cáncer letal del que padecía su hija de 13 años. Cuando Marlon conoció esta familia sus ganas por ayudar crecieron como un cohete cuando se eleva para tomar vuelo y si no podía ser policía, haría “justicia” a su modo, ese encuentro con la ardilla le había enseñado que los pequeños actos transforman y eso iba hacer, transformar vidas. 

A la semana siguiente se alejó de la casa de sus papás y consiguió el apartamento de Ford George, necesitaba independencia para el camino que iba a emprender, no tenía un salario fijo pero gracias a la fama que le hizo la familia puertorriqueña que estaba muy agradecida por lo que él había hecho, le llegaron varios casos que la policía de New York no recibía, algunas veces porque eran solicitudes absurdas y otras porque según ellos, eran nimiedades que no ameritaban un despliegue policial. 

Lo apodaban el Ángel Guardián de los hispanos y latinos, ellos eran en su mayoría los que más recurrían a Marlón en busca de consuelo y solución a casos como el de Jose; un drag queen mexicano que cuando llegó a New York, en uno de sus trayectos en el metro, perdió su maleta llena de pelucas y maquillaje, más o menos tres mil dólares invertidos en ello, pensó que lo habían robado, pero gracias a Marlon la recuperó. José no sabía que cualquier cosa que deambule sin dueño por el metro es llevada a una oficina de objetos perdidos abierta al público; para ser una ciudad tan grande y diversa, es una ciudad muy honesta. 

Otro caso exclusivo de él, fue el de una danesa, se llamaba Ellinor; nacida en Dinamarca pero criada gran parte en Estados Unidos, era una chica caprichosa de gustos exóticos, por eso desde que llegó a New York, adquirió de manera ilegal un búho bebé, lo llamó Kari y le enseñó a vivir en apartamento, pero una noche veraniega y calurosa, ella dejó la ventana abierta y Kari desapareció. Cuando denunció su pérdida, la policía le hizo muchas preguntas y hasta la trataron mal, acusándola de tráfico de fauna por tener una especie de esa magnitud en un espacio tan pequeño, como suelen ser los apartamentos de clase media. 

En esta ciudad se preserva la vida natural y está prohibido cualquier tipo de manipulación indebida con animales silvestres, así que Ellinor al ver el tamaño del problema en el que se podía meter, despisto a los policías hablando dánes y mientras se iba retirando balbuceó una que otra palabra en inglés, los policías se vieron entre ellos y pensaron que era otra extranjera insana, igual y el atuendo si lo tenía, pero aún preocupada y pensando en el peligro que corría Kari, que al ser un búho urbano podía ser atropellado o envenenado por raticidas, busco otro tipo de ayuda.

Gloria, su vecina y amiga le recomendó usar los servicios del famoso Ángel de la Guardia, que tiempo atrás le ayudó a descubrir que su hijo andaba metido en una de las pandillas más grandes de El Bronx, hacía parte de Dominicans Don’t play, delinquían, asesinaban y robaban sin piedad, el hijo de Gloria le decía que trabajaba en una construcción por las noches; a Marlon solo le bastaron algunos datos y el envío de un fax para enterarse de su amplia historia delictiva, que dejó con la boca abierta a su mamá.

Cuando tomó el caso de la danesa pensó que iba hacer muy complicado encontrar un búho en esa espesa selva de cemento, pero gracias a su astucia lo logró; tras una no tan exhaustiva investigación que hizo preguntando en google, conoció lo necesario de estos animales, leer cosas tan básicas como que descansan de día, viven la vida de noche, les gusta las lagartijas y que prefieren su hábitat natural, le sirvieron de guía para saber cómo proceder.

Para iniciar la búsqueda eligió el Central Park, es el único lugar al que un búho iría con intención de encontrar otros de su especie. El rastreo se debía realizar en la noche, Marlon le pidió a Ellinor llevar  la comida favorita de Kari, ella llevo dos ratones blancos; siendo las once de la noche se adentraron al parque y comenzaron a llamarlo dirigiendo la voz hacia los árboles mientras cada uno sostenía un ratón entre los dedos.  

—Where are you Kari? Kari kari oh! my poor baby —sollozaba Ellinor 

Hasta que increíblemente y como si el mundo le quisiera entregar un tesoro muy preciado, lo vió en un árbol no tan alto, lo llamó por su nombre un par de veces más, a lo que el animal respondió volando tras ella con un fuerte aleteo, Marlon no podía creer lo que veía, era una escena como de Discovery Channel donde claramente se veía una conexión humano-animal única, de apreciar.

Esa mañana sin dolor de cabeza le traería más gratas sorpresas, sin saberlo su corazón volvería a palpitar con más intensidad de cómo alguna vez lo hizo. Prendió la cafetera en la cocineta de su apartamento y silbando salió a la ducha, él vive en esos apartamentos que tienen el baño y las duchas separadas afuera, son compartidos con todas las personas del piso más o menos unos 15 apartamentos, siempre cuenta con suerte porque nunca ha encontrado el baño ocupado (hay 10 duchas, 10 sanitarios y 10 lavamanos); a él poco le interesa el tema del baño, es un espacio barato y está muy bien situado, ¿qué más podría pedir?, es un “investigador privado” viviendo en Manhattan ganándose la vida haciendo algo que le gusta hacer. 

El espacio que habita es de 32 metros por 8 metros, apenas para su convivir, pero no lo suficiente para atender sus clientes, por eso su “oficina” la instala todos los días en un Starbucks que queda a seis cuadras de su edificio el Grand NYC, allí acude todas las mañanas cumpliendo citas que juiciosamente agenda en una pequeña libreta que siempre carga en el bolsillo interno de su chaqueta.

Hoy hablará con Antonio, quiere cotizar un trabajo, sus amigos latinos le dicen Ñoqui, porque le falta la mano derecha, según contó la perdió manejando una máquina de carpintería; él es un colombiano amante a los perros, en su casa tiene tres auténticos gozques, todos recogidos de la perrera, ninguno de raza, precisamente por eso son tan especiales, sus manchas, pelajes y tamaños son tan únicos y diferentes que los quiere como si fueran sus hijos; por eso cuando Madonna, una perra amarilla de orejas y patas negras, que había recogido hace cuatro años, murió en situaciones muy extrañas dentro de una peluquería canina quiso ir al fondo del asunto. 

Él también fue a la policía, contándoles que en la peluquería le habían dicho que Madonna había sufrido un ataque respiratorio, pero no entregaron documentos que lo demostraran y que sin decir más le habían entregado a su perra amarilla sin tanta gracia fría y sin vida; conmovedora historia pero no tanto para estos policías que simplemente respondieron que esas cosas pasaban y si la veterinaria ya había dado una respuesta, tenía que solicitar esa documentación complementaria por escrito al lugar, cosa que Antonio ya había hecho, junto con una autopsia que pago por aparte (aún no tenía los resultados), no pasó nada… al parecer, esta fue otra nimiedad para ellos, por eso este sería un asunto que resolvería la vivacidad de Marlon. 

Finalizó la conversación con Antonio, pidiéndole algunos datos claves para empezar a indagar y descubrir qué pasa en ese negocio, quería despedirse con un apretón de manos, pero no pudo, olvido por un momento que Antonio era manco y al estirar su brazo tuvo que sujetar el antebrazo sin mano, eso fue algo realmente extraño y un poco hilarante para su gusto. 

La peluquería estaba muy bien situada, a unas cuadras de la Avenida Broadway, tomo el Metro y se bajó en la estación Times Square, caminó dichas cuadras y llegó al lugar, desde que entró Marlon supo que algo no iba bien ahí, en el letrero decían ser clínica veterinaria pero el aspecto del sitio no coincidía con ese anuncio; al ingresar hedía un olor poco identificable pero nada agradable, en la sala de espera un par de señoras con jaulas, esperando ser atendidas y tras un antiguo computador una recepcionista con uñas largas y pelo morado «¿clinica veterinaria? parece más un sitio de mala muerte» pensó mientras inspeccionaba cada rincón de la entrada. 

Al comentar el caso de Antonio con el administrador, noto que se mostró reacio con el tema, por eso se vio obligado hacerse pasar por el abogado de la familia, argumentando que tenía toda la potestad para pedir lo que quisiera. Con todo un parlamento que aclamó empoderado y usando palabras legales estrambóticas que había memorizado para casos pasados, logró que los dueños se comprometieran a entregar grabaciones del trágico día y todos los papeles referentes a la muerte de Madonna. 

Saliendo de ese desagradable recinto, recuerda enseguida que está en una de las zonas más populares, mira su celular que muestra la una de la tarde, es hora de almorzar y de revolverse un poco con los turistas, quería sentarse en las escaleras del Times Square, una reconocida esquina entre la Av. Broadway y la Séptima Av. un espacio lleno de edificios tapados por pantallas gigantes, brillo, luces, color, vibra, música, ruido, tiendas de todo tipo, personas hablando en distintos idiomas; por donde se le mire es un comercio multidiverso y agigantado, tanto que llega a ser un poco abrumador pero muy estimulante.

Uno de tantos negocios allí es el Market Duane Reade una tienda donde venden hasta lo inimaginable, se puede conseguir desde sushi fresco hasta un cortauñas (como en la mayoría de supermercados grandes de New York), justamente ese delicioso plato japonés era el que más llamaba su atención de lo que tenía a la vista, se compró una bandeja de ocho makis tempura, una sopa de camarón, una cocacola zero y de postre una manzana verde. 

Dentro del local se comió tres makis y la sopa, guardó el resto para más tarde dentro de la bolsa del Duane y salió hacia aquellas famosas escaleras para reposar el almuerzo, sin saber que un suceso interrumpiría su camino, su vida, su trabajo, sus emociones. 

Tan pronto cruzó la puerta de salida se fijó que en la esquina había un grupo de Homeless, estas personas sin hogar, ni familia; no precisamente tienen problemas de drogas, alcohol o mala conducta, ellos simplemente por diferentes razones habían llegado a esta ciudad sin nada y así se habían quedado, literal ¡sin nada! por eso se ubican en las esquinas, con avisos de cartulina en el piso que dicen: “Help Me, Homeless, I’m hungry”… así reciben comida o ropa, mientras esperan la noche para buscar un cupo en algún hogar de paso y dormir bajo un techo, sobre todo en invierno cuando la temperatura desciende hasta -4,3 grados centígrados, pobres vagabundos. 

Marlon con el estómago lleno, decide entregar la bolsa de comida a alguien que la necesite más que él, se acerca para escoger el elegido, indagando para saber quién la merece más, ellos nunca piden por eso es posible hacer esa selección, observa un par de tipos barbados, otro más mayor durmiendo en el suelo, enseguida una anciana «creo que ella será» se murmuro en la mente, pero antes de entregar la bolsa de reojo y dos metros más adelante ve una chica de pelo castaño, tenía un gorro de lana azul oscuro, unos guantes del mismo material pero en color rojo, de esos que dejan los dedos expuestos y una sudadera negra, estaba sentada en flor de loto, no alcanzaba a ver su rostro pero se veía algo desolada, avanzó unos pasos más, ella definitivamente sería la que comería sushi con coca cola. 

—Do you wanna? —le pregunto estirando la bolsa. 

—Yes, thanks —le respondió la chica, mientras le mostraba unos ojos profundamente azules agregando una tímida sonrisa. Su tercer romance estaba a la vista. 

Impactado quedó Marlon con tanta belleza junta, ella empezó a comer de inmediato, mientras sin notarlo era observada con detalle; la miró tratando de adivinar la vida que la llevó a estar deambulando por la Av. Broadway, alcanzó a analizar que tal vez su edad era de unos 23 o 25 años, no se veía sucia ni demacrada. Esperó a que terminara de comer para abordarla muy amablemente con algunas preguntas básicas; él como todo un galán, con su buen aspecto, sonrisa impecable, fragancia masculina y un tono de voz cautivador logró que Rose, como se hizo llamar la chica, le contará su historia. 

Le dijo que era nacida en Houston Texas y que por haber crecido dentro de la clase más baja de esta ciudad tuvo que vivir en medio de la pobreza y el hambre; su mamá tenía un serio problema con el alcohol, por eso no conservaba ningún trabajo, su papá nunca lo conoció, era un tema prohibido; solo recuerda haber pasado su vida en una casa rodante nada lujosa y lavar trastos, entre otros quehaceres para poder comer. Llegó a New York convencida por una amiga que le aseguro tener un trabajo para ambas en un bar como meseras, no todo era verdad, aparte de atender mesas tenía que coquetear y ser amiga de los clientes (prostitución), así fue hasta que Rose no quiso que se sobrepasarán con ella y por defenderse, cacheteando por una cogida de culo, termino golpeada por el mismo cliente, echada del lugar, sin dinero, sin amiga y sin dignidad. 

Empezó a quedarse en estos refugios que reciben a los sin techo cada noche y a recibir comida en las esquinas más cotizadas de la Gran Manzana, el calendario avanzó y así completaba la suma de 84 días. 

Desde que Marlon había rozado su mano con la de ella al entregarle la comida, había sucedido algo, surgieron chispas de colores que solo él y ella vieron, por eso después de una larga charla la invitó a pasar la noche en su apartamento, garantizándole un lugar cómodo para dormir, un plato de comida caliente y entre risas y chistes le dijo que era una muy buena compañía (coqueteaba con ella), obvio aceptó. 

Mientras caminaban hacia el metro, Rose se veía habida de experiencias nuevas y como si nunca hubiera dado un paseo por la ciudad, le preguntó a Marlon sobre los pedazos de bicis amarradas con cadenas a las señales de tránsito y el humo blanco que emanan las alcantarillas de la ciudad; él muy sabiondo y para terminar de sorprender a la chica entregó información que solo un verdadero nativo sabría, cosa que no pudo hacer con sus novias anteriores que eran neoyorquinas; le explicó que el cementerio de bicicletas simplemente se dio desde que alguien (seguido por más personas) dejó su bici atada un día y nunca volvió por ella, así se volvieron parte del paisaje citadino. En cuanto a lo que pareciera humo, le dio una amplia explicación donde concluía básicamente que; en realidad es vapor saliente de las tuberías y canalizaciones de toda la ciudad, permitiendo enfriarla cuando es verano y calentarla cuando es invierno. 

Durante el resto de trayecto tuvieron una conversación llena de conexión, empatía y miradas pícaras, Marlon supo enseguida que extrañaba esa sensación de enamoramiento, parecían viejos amigos buscando llegar a algo más, que dos personas acabadas de conocer; por eso cuando llegaron al apartamento el momento del romance fluyo con tanta precisión, que solo basto estar a puerta cerrada para que sus labios se juntaran, sus cuerpos se erizarán y la ropa cayera prenda por prenda como si no se dieran cuenta. 

En medio de la calentura y solo vistiendo ropa interior, Marlon continuando con el jugueteo, introduce la mano dentro del calzón de Rose posándola sobre su monte de venus, de inmediato se fija en la gran melena que tiene y eso le baja un poco la pasión, pero no la pierde del todo; así que lentamente la toma de las manos, la lleva a una silla plástica que tiene junto a la cama, la invita a sentarse y le hace señas para que espere un momento.

Toma un balde y recoge agua del pequeño lavaplatos que tiene en la cocineta, mientras el balde se llena, acerca a ella una crema de afeitar, una cuchilla, una toalla y un espejo (el no tener baño en su apartamento no sería un impedimento para rasurar una vulva). Rose lo observa aún sin comprender que hará, pero permanece atenta a cada movimiento que realiza y hasta se siente por alguna razón más agitada.  

Fuera lo que fuera a pasar ya todo estaba listo, Marlon se arrodilla frente a ella y muy suavemente le baja los calzones, quedo a la vista su sexo peludo y frondoso, ligeramente con pequeños masajes por los muslos hace que abra sus piernas blancas y delgadas, dejando totalmente expuesto el genital, estaba tan excitada que asomó el clítoris utilizando sus manos, Marlon tuvo la intensión de lamerlo pero tanto vello no lo dejaría, así que por el momento solo lo sobo por unos segundos con su dedo índice, segundos que bastaron para que el apartamento retumbara con un par de quejidos de Rose.

Mirándola a los ojos, frota la crema de afeitar sobre todo su coño, esparciéndola como quien pinta un lienzo con las manos, recupera su erección y con gran sutileza y precisión desliza la cuchilla por las curvas de la vulva que poco a poco va quedando despejada en cada rasurada que va limpiando con el agua, parece todo un experto pero era la primera vez que lo hacía, se sentía muy bien romper esa gruesa vellosidad, para dejar a la vista lo que quiso desde el primer momento, una fina capa de piel suave y sexualmente olorosa.

Cuando terminó de afeitarla quería mostrarle con el espejo pero, mientras la secaba como admirando su trabajo, no pudo evitar observar minuciosamente la vagina en primer plano, para hacerlo mejor abrió los labios usando el dedo pulgar e índice, estaba tan húmeda que parecía algo cristalino se derretía dentro de ella y por un par de minutos se mantuvo como inmerso en un cuadro de Dalí (en especial ese donde derrite el tiempo), exploró cada pliegue y carnosidad de esa ranura rosada, primero con los pulgares y después uso la boca; manteniendo con leves movimientos dos dedos adentro, lamió con tanta delicadeza su clítoris que la hizo venir, como si tuviera una explosión entre las piernas; sus gemidos esta vez fueron acompañados de frases como “Fuck me, give me more, suck me

Pasaron la noche entregados el uno al otro, fornicaron como si las ganas se les fueran acabar, como si no tuvieran más días para volverlo a hacer, como si supieran que el mundo de verdad llegará a su final.

La mañana siguiente se levantaron con solo unas horas de sueño y un par de cuerpos desgastados de placer. Marlon estaba más que satisfecho, mientras que ella tomaba una ducha al otro lado del pasillo, él sonreía oliendo con fuerza sus dedos salados, como tratando de meter esa fragancia femenina en la nariz sin que tuviera escapatoria.  

Era fin de semana, por lo general aprovechaba ese tiempo para buscar clientes nuevos, visitar a sus papás o verificar información de más, sobre casos que ameritaban trabajar un sábado o domingo (respetaba los días festivos para descansar), como el de Madonna, que aunque estuviera viviendo un idilio, aún lo tenía muy presente en su radar, más cuando recibió una llamada de Antonio diciéndole que los resultados de la autopsia ya estaban en su poder y que según concluían; Madonna había muerto por una obstrucción en la garganta ocasionada por un elemento desconocido (nada de muerte natural). 

En el desayuno Marlon comprobó el buen apetito de Rose, él solo tomo café negro y una tostada con mermelada, el desgaste de la noche anterior merecía una buena alimentación, pero se mantuvo complacido viéndola comer con tanto ahínco. 

Planearon el día con un paseo turístico para ella, que llevaba casi tres meses en esta ciudad pero no conocía su opulencia; lo primero fue comprar ropa, había que quitarle esa sudadera y gorro de lana a Rose para caminar las exquisitas calles de Manhattan, lo segundo adquirir tiquetes en el metro para poder movilizarse a su antojo, por 30 dólares cada uno podían subir y bajar de ese transporte masivo cuantas veces quisieran por una semana. 

La excursión inició en Midtown, mostrándole con mayor encanto el Times Square, uno de sus lugares favoritos por su extravagancia y luminosidad, seguido, el World Trade Center, se tomaron el tiempo de ver los gigantescos monumentos que hay en homenaje a las Torres Gemelas, dos recuadros de mármol gris oscuro en el mismo espacio que ocupaban estas edificaciones, con una cascada artificial en el centro y los nombres tallados de las personas fallecidas alrededor; un lugar que infunde respeto, dolor y nostalgia, sobretodo para Marlon que ya vivía allí cuando sucedió lo inesperado el 11 de septiembre del 2001, tuvo varias historias cerca de amigos que perdieron familiares ese día. 

Cruzaron tomados de la mano el puente de Brooklyn, se besaron como amantes furtivos recorriendo el Battery Park, frente al puerto Lower Manhattan, ahí en el muelle donde se toma el ferry con destino a Staten Island, es gratis y el trayecto se aprovecha para ver la Estatua de la Libertad; enfriaron sus caras con la brisa poco cálida del río Hudson, mientras Rose estupefacta admiraba esa gran estructura de cemento que se puede ver muy de cerca pagando un Water Taxi, un servicio adicional que vieron innecesario. 

El fin de semana pasó y ellos continuaron haciendo el amor como locos, cada vez con mayor intensidad, Marlon realmente disfrutaba el sexo afeitado de Rose, por eso, como si estuviera hechizado por su energía, su piel rosada, sus ojos azules, su juventud… y sintiéndose muy cerca del amor, continuó enseñándole las maravillas y ventajas de habitar esa ciudad, sin importar que los días avanzaran. 

Le mostró la zona más poderosa, el Wall Street, aquí está el mercado monetario más grande del mundo, la Bolsa de valores de New York, por eso dicen que si sujetas con fuerza los huevos del toro de bronce que se encuentra en esta calle, se tendrá un éxito inminente, Rose no perdió oportunidad para averiguar que tan cierto era el mito urbano y las apretó con vigor mientras le guiñaba el ojo a Marlon.

Ella alucinó caminando la Quinta Avenida, las mansiones, apartamentos y edificios de lujo, (son de película); tiendas como: Guess, Tiffany, Apple Store, M.A.C., Zara, Hugo Boss, Diesel, NBA Store, Prada, entre otras tantas, la hicieron pensar en lo distinguida que quisiera ser, en todo lo que se compraría si entrara a esos almacenes… se sintió como pez en el agua y hasta quiso por un momento quedarse sola viendo cada cosa, pero no se lo mencionó a él.

Subieron los 2.500 escalones de la excéntrica arquitectura trenzada del Vessel, una construcción elaborada en forma de trompo envuelta en color bronce con efecto espejo. Hablaron del arte que hay en los techos de la Biblioteca Pública, admiraron las luces del Empire State desde varios ángulos, se fotografiaron tomando café en el Bryant Park y recordaron con detalle escenas de películas grabadas en el Grand Central Station y el Rockefeller Center, atravesaron la Isla Roosevelt en teleférico rodeados de familias judías, recorrieron los verdes caminos en madera del High Line Park, comieron tacos y pollo asado en el Chelsea Market. Caminaron hasta el cansancio los barrios más conocidos de la ciudad: el Brooklyn, Little Italy, Soho, China Town, Williamsburg; en cada uno de estos Marlon entregaba datos curiosos. Todos los días Rose aprendía algo valioso para sobrevivir en la gran ciudad. 

Así pasaron casi tres semanas, como un par de amantes turistas enamorados de cómo se veían en New York, pero la mañana de un martes, el corazón de Marlon se rompió en mil pedazos; ese día despertó como las últimas semanas, desnudo y con sed, estiró el brazo para abrazarse a Rose pero solo se topó con media cama fría y una almohada mal puesta. 

De sopetón termino de despertar pensando lo peor, tenía razón, Rose lo había abandonado, llevándose todo lo que le había comprado, irónicamente solo dejo la sudadera negra y el gorro de lana junto a una nota que iniciaba así: 

Dear Marly 

Thank’s for showing me the world…

Y continuaba con un discurso donde se disculpaba por abandonar ese barco que había abordado con él, agradeció haberla sacado del shock en el que se encontraba y en muchas palabras le dijo prácticamente que estaba lista para comerse el mundo sola, alegando que ella tenía todo el vigor para hacerlo «me está diciendo viejo» fue lo primero que pasó por su cabeza; viejo no era, tenía 39 años, pero ella apenas con 21, creía que el estar con alguien que casi le doblaba la edad no le favorecería en su nuevo descubrir. 

Ese martes no salió de la cama, se encogió de hombros y solo espero a que la luz del día pasará, cuando la noche llegó tuvo un deja vu, recordó con exactitud aquella vez que sufrió depresión, migraña y hasta gula, ese patético episodio de su vida no quería volverlo a repetir, así que respiro profundo, levantó el mentón, arrojó las cobijas al piso y se levantó sin titubear, se puso lo primero que vio y salió a la calle como perseguido por una fuerza extraña.

Embargado de un sentimiento desconocido y negándose a creer lo que sucedía, lloro acongojado mientras maldecía el amor y su locura, lloro como un niño al que le han arrebatado su paleta.

Amaneció devastado pero con el entusiasmo apenas para retomar sus actividades, había dejado de buscar clientes, atender los casos que ya tenía y hasta visitar a sus papás; revisó su celular, tenía muchos mensajes sin responder, llamadas perdidas, correos electrónicos, todo estancado por culpa de una chica, aún batía su cabeza de lado a lado sin creer lo que pasaba, nunca imaginó que el amor pudiera doler tanto.

Pero si el universo le estaba diciendo que continuará con su vida, así lo iba hacer; sacó su libreta para reagendarse, planeo algunas citas para el resto de semana, por lo pronto, dedicaría el día al caso de Madonna, Antonio lo había buscado con insistencia, Marlon realmente estaba muy apenado, él no era ese tipo de persona, de nuevo su cabeza de lado a lado sin creer lo que pasaba. 

Al revisar el resultado de la autopsia, pareciera que Madonna hubiese muerto por haber tragado algo muy grande, los documentos que había solicitado en la veterinaria semanas atrás y sobre todo el video (ya debían estar listos), revelarían lo que realmente le había pasado a una perra joven con un estado de salud óptimo. 

En la peluquería ya tenían un sobre de manila con su nombre, al recibirlo se fue de inmediato a revisar su contenido; el video comenzó mostrando el baño y secado de Madonna, todo normal, el momento trágico sin saberlo, viene cuando uno de los auxiliares pone a la perra sobre una mesa de metal, teniéndola del collar con un lazo muy corto, al parecer la seguirían acicalando, pero el empleado recibe una llamada, amarra el lazo a un gancho incrustado en la pared y sale de ese cuarto. 

Lo que vio a continuación lo dejó sin palabras y con la boca abierta, hasta olvidó por un momento su desamor. Sin quitar los ojos de la pantalla, Marlon ve como Madonna da algunas vueltas en la mesa como buscando una salida, la única que encontró fue saltar, el lazo era tan corto que la perra quedó colgada en la mesa sacudiéndose horrorosamente, moviendo sus patas delanteras como tratando de quitar el collar, pero su esfuerzo fue inútil. 

Tres minutos después ve entrar al empleado, asustado recoge el animal sin cuidado alguno, lo saca de ese cuarto y ya, el video muestra como siguen atendiendo sin ningún inconveniente, como si la vida de los peludos que reciben allí no valiera, como si fuera un saco de paño que se ha estropeado con el lavado.

—¡Voy a arruinar ese negocio! —fue lo primero que dijo Antonio cuando se enteró que prácticamente habían ahorcado a su perra favorita, eso le dolió más que cuando perdió su mano. No se equivocó en su promesa, demandó y el caso se fue a los tribunales, con esas pruebas tuvo siempre las de ganar. El lugar se cerró y sus dueños fueron a la cárcel (ni siquiera eran veterinarios), el Ñoqui recibió una gran suma de dinero como indemnización, nada le devolvería a su amada mascota, pero sintió un gran alivio al saber que alguien había pagado por tanto mal. 

Ningún caso de Marlon había llegado a los tribunales, este fue de los grandes, hasta salió en las noticias del periódico local. Uno de los policías que siguió el caso de cerca, se fijó en la sagacidad de Marlon, investigó un poco más de él y conoció los otros casos que había manejado con éxito, por eso decidió hablar con sus jefes de estación para nombrarlo Detective Privado Honorario. 

Su sueño por fin se cumplía. Cuando recibió el nombramiento, alcanzó un nivel de reconocimiento suficiente como para que poco a poco le asignaran casos grandes, poderosos (los resolvía todos) y así se fue convirtiendo en uno de ellos. Se volvió un teso en la materia, pero malhumorado porque a diario recordaba a Rose, al pasar por donde caminaron, por donde comieron, por donde se fotografiaron, por donde se besaron… le dolía que le hubiese mostrado el amor para luego quitárselo; le dolía haber descubierto que era un romántico empedernido, le dolían y cansaban tanto esos recuerdos, que pidió un traslado para alejarse de ellos, ya no la amaba, la odiaba por haberle cagado su ciudad favorita.

Ana Verano

veranoanaelisa@gmail.com

Colombia

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