OPISTHOCOELICAUDIA

Al llegar a Opisthocoelicaudia de inmediato llama la atención un cuerpo que flota colgando de una soga, amarrada a un árbol. En primera instancia podría considerarse que es un muñeco, la pulcra creación de un artista pero no es así. El cuerpo es real y entre sus manos sostiene una tabla que le ha sido clavada y que dice: Bienvenidos a Opisthocoelicaudia, donde la muerte es bien recibida.

Las razones por las que llegué aquí no interesan, así como tampoco la historia de mi vida. De alguna forma, una vez que uno traspasa el portal de bienvenida, y quizás desde un poco antes, el pasado desaparece. Lo que sí sigue presente es tu decisión de morir. Eso no se transa.

Al entrar me recibe una mujer de rostro pálido y cabellos greñudos, abre los brazos y me toma de la cabeza; entonces me da besos efusivos en cada mejilla. Usa una especie de sábana blanca que cubre todo su cuerpo, salvo la cabeza.

 -Que los momentos antes de despedirte del mundo sean los más dichosos.

-Gracias, para usted igual, señora.

-Yo me extinguiré en un par de horas más. Pero seré reemplazada.

-Oh. Espero que su reemplazo sea tan bueno como usted.

Entonces la mujer me guía hasta una cabaña donde se recepciona a quienes vienen a quitarse la vida. Se despide de mí acariciando mi cara con la suya y luego desaparece tras la entrada. Una joven con un peinado emo me saluda con seriedad.

-¿Me puede dar su apodo, por favor?

-¿Apodo?

-Sí, debemos tener un registro de nuestros suicidas.

-Lo entiendo. Me refiero a por qué debo dar un apodo y no mi nombre.

-Aquí nadie tiene nombres. Todos somos anónimos.

Me registro con el nombre de Kurt Cobain. Siempre fantaseé con la idea de parecerme a él en algún detalle. Nunca toqué un instrumento ni canté, ni mucho menos me parecía en el físico. Pero ahora sí me pareceré, y no solo por el nombre sino porque también tomaré la drástica decisión. Hay algo que llama mi atención. Tras la recepcionista emo, hay una serie de fotografías con personajes ilustres que han visitado Opisthocoelicaudia para vivir sus últimos momentos. Las imágenes no dejan indiferente a nadie puesto que está el antes y el después. Hay una donde aparece Elvis Presley cantando en un estado deplorable. En la siguiente fotografía se le ve con la garganta rebanada, tirado sobre un riachuelo mientras su sangre se une al curso del agua. La recepcionista emo se da cuenta de mi sorpresa.

-¿Genial, no? Todas esas teorías que hablaban que el rey del rock no había muerto de sobredosis y aún seguía entre los vivos, eran ciertas. Pero, un día, como a todos, de verdad le vino el hastío de la existencia y decidió pasar sus últimos momentos en este hermoso lugar.

 -Me hubiera gustado conocerlo.

-Nadie lo conocía en realidad. Es una de las razones por las que tomó su sagrada decisión… Aunque si gusta, puede visitar su cuerpo. Tenemos excursiones que se adentran en el bosque para visitar los cadáveres de quienes ya no están aquí. No es por morbo sino que es para ayudar a nuestros huéspedes a tomar una decisión madura con respecto a la forma en que desean morir. ¿Y usted? ¿Ya tiene pensado cómo será?

-No. No lo sé.

-Tenga. Este es nuestro catálogo. No significa que las muertes que aparecen ahí sean las únicas permitidas. Tómelo como una guía. Aquí la imaginación está totalmente permitida.

Luego me entrega mi llave de la habitación. Antes de avanzar hacia esta, quisiera preguntar algo pero no me da el valor.

 -¿Sabe cómo quiero morir?

Ella ha leído mi mente.

-Ni idea.

-Voy a tirarme por el acantilado luego de haber ingerido lsd. Dicen que el escritor Aldous Huxley murió ingiriendo eso. Tiene que haber tenido un viaje fantástico hacia el otro mundo.

-¿Y si no hay otro mundo?

La muchacha emo no me contesta. Entonces voy hacia mi pieza. Es un sitio frío y oscuro. No hay cama, velador ni nada que le haga parecer una habitación. Una pequeña ventana, que tiene más el aspecto de ser un tragaluz, da hacia un charco en el que se distinguen dos calaveras. No sé si son reales o de utilería para darle ambiente al sitio. Como sea, ese paisaje produce desconsuelo. Me tiendo en el piso y, de espaldas, observo el techo. Este está pintado negro y presenta un mensaje: bajo el dibujo de un conjunto de estrellas se lee No te olvides que cuando observas las estrellas, estás observando solo el reflejo que ha quedado. Ellas ya han muerto hace mucho. Al igual que tú.

Al día siguiente me despierta una serie de voces provenientes de afuera de la cabaña. Observo por la ventanilla y distingo a decenas de personas riendo y jugando. Cuando paso por recepción, la chica emo me dirige una sonrisa mientras se realiza un corte en un brazo.

-¡Apúrese! Ya empezaron los talleres, inscríbase en alguno. No quede fuera.

Un hombre obeso con problemas para respirar, anota en una planilla a los inscritos.

-Señor…usted…, ¿qué taller…elegirá?

-¿Qué opciones tengo?

-Tenemos…el taller de Terapia…presuicida; Lectura…de aura…transdimensional; Personajes…disfrazados…para gente que…no supera…su estado de infancia.

La última opción me produce intriga. El hombre obeso me explica que en este taller los integrantes pueden volver a su infancia. Hay globos, tortas e incluso juegos como la gallinita ciega o la silla musical.

 -Sí, me inscribo en ese.

-Perfecto… Su apodo, por favor.

-Kurt Cobain.

El hombre se detiene. Me observa perplejo. Abre la boca.

-¿Sucede algo?

 -Es que… Yo soy… Chris Cornell.

Entonces ambos nos damos un largo abrazo.

El taller es tal como lo esperaba aunque algo me causa extrañeza: estas personas que se ven tan alegres van a matarse. Nadie aquí daría un paso atrás, eso iría contra las reglas. Sin embargo, no pareciera que fuesen a tomar esa decisión. Mientras reflexiono, el personaje vestido de frutilla me toma de una mano. Me está invitando a bailar. Y le sigo. Me siento como un verdadero chiquillo. No lo recordaba pero en mis tiempos de infancia lo pasaba muy bien bailando al ritmo de las canciones de los dibujos animados. Siento que he vuelto a esos días. Luego, un hipopótamo rosa me pinta la cara y un payaso me da un globo con el rostro de una calavera. Esto fuera de Opisthocoelicaudia se vería grotesco e inclusive inmundo. Pero aquí es todo un detalle. El payaso pellizca mis mejillas y me invita a aplaudir junto con él. Luego me agarra de una mano y juntos corremos por el bosque, rodeando árboles y pisando huesos. Hace tiempo no reía tanto. De pronto, tanto los personajes disfrazados como los integrantes del taller, nos quedamos en silencio. Tras nuestro, un hombre de otro taller se despide de todos. Se le ve muy emocionado. Cada persona le escribe en su camiseta una firma. Luego se acerca hasta nuestro grupo para que le firmemos también.

-Hola, ¿me puedes firmar tu apodo, por favor?

-¿Y para qué?

-Bueno, quiero llevarme el último recuerdo de todos ustedes antes de dar el paso definitivo.

-Pero si nosotros no compartimos en ningún momento. Me parece ridículo y sin sentido. No, lo siento, no firmaré nada.

El hombre me observa, contristado. Me deja a un lado y continúa con el payaso. Este le hace el dibujo de una calavera sonriente. Cuando el hombre de las firmas se aleja y se adentra en el bosque, no puedo dejar de sentirme un poco extraño. Me imagino que lo último que pasará por su mente antes de quitarse la vida, no serán las personas que amaba y dejó atrás, no serán los amigos que hizo en Opisthocoelicaudia, no serán las firmas que recolectó y ni siquiera será algún mensaje que se le ocurra gritar al mundo, sino que será mi rostro malhumorado negándose a firmar su camiseta. En ese caso, sería como si yo fuese el último empujón que le llevaría a suicidarse. Yo sería así, la causa de su muerte.

En Opisthocoelicaudia he visto cosas muy llamativas. Aquí es normal ver a un hombre y a una mujer hablar bajo un árbol de la forma más relajada sin la necesidad de que exista una tensión sexual entre ellos. Le pregunté  a un anciano con cáncer el por qué de esta situación. Me explicó que la sexualidad si se toma como un acto reproductivo, acá no tiene sentido pues es obvio nadie dejará descendencia. Y si se toma como un acto de placer, tampoco tendría sentido ya que el placer es una validación del ego por reafirmar su existencia en el mundo. Y nosotros queremos dejar este mundo.

Hoy me puse a hablar con una chica muy guapa bajo un árbol. Entre conversa y conversa, sin darnos cuenta, pasamos a tocarnos las manos. Ella con rapidez apartó la suya. Yo, en tanto, sentí una vibración en mi sexo.

Los días van pasando y aún no logro tomar una decisión acerca de cómo abandonaré el mundo. Siento que algunas personas me están mirando con preocupación, como si pensaran que se me hubiese olvidado lo que vine a hacer a este lugar. No es eso. Es solo que… Opisthocoelicaudia es un sitio agradable. Incluso la noche, que allá afuera, en la realidad cotidiana, se me hacía tan pesada y claustrofóbica, aquí es dulce y placentera. Ahora mismo, el canto de los grillos me hipnotiza y me produce gozo. No sé qué sucede. Hoy, me inscribí en el taller de redacción de cartas suicidas. Este taller está pensado más que nada como una experiencia para pasar el rato ya que no es obligatorio el que dejemos escrito algo a los demás. A todos se les hizo fácil redactarla. Pero yo fui el que más demoró.

-Cobain, ¿qué pasa que no puede redactar su carta? ¿Quiere que le ayudemos entre todos?

-No, no, gracias. Es solo que me gusta tomarme mi tiempo.

-Un alma que se va a suicidar experimenta con el dolor, la tragedia y la náusea de existir en esta gran nada. Así que tiene una gama sin fin de sensaciones oscuras de las que aferrarse a la hora de escribir.

-Sí, lo sé. Es que como aún no tengo claro cómo será mi muerte, no sé qué tipo de carta puedo redactar. Porque supongo que depende de la muerte que uno escoja el cómo va a escribir un último mensaje.

-¿Qué? ¿Tantos días aquí y todavía no sabe cómo va a morir? ¡No me lo creo!

Así que me obligaron a inscribirme para mañana en otro taller: Cómo fortalecer mis actitudes y aptitudes suicidas, curso intensivo para lograr el éxito y morir. Por cierto, nunca pude terminar la carta suicida y reprobé el taller.

El taller de actitudes y aptitudes suicidas resulta ser interesante. Me llama la atención que los demás miembros de este grupo sean filósofos, profesores y artistas. Según la profesora, nos cuestionamos demasiado las cosas y por ello cuesta que nos enfoquemos en una forma de morir.

-Esta es una decisión muy importante, por lo que quienes la toman deben ser individuos con actitud que se enfrenten al mundo. ¿Cobardes, les dijeron? ¡Qué estupidez! Para hacer esto se necesita coraje, valentía y mucha autoestima. O sea, debes quererte mucho a ti mismo o a ti misma para pensar que el mundo se confabuló en tu contra habiendo millones de seres humanos pululando en este planeta.

Los integrantes del grupo nos dirigimos miradas cargadas de vergüenza. A lo lejos escucho un disparo, un par de gritos y cientos de aves que escapan desde el bosque. Siento un nudo en el estómago.

-Tómense de las manos.

Hacemos caso a la profesora. Me parece novedoso tocar la piel de otra persona. Se siente familiar.

-Ha llegado la hora para ustedes. Ha pasado demasiado tiempo de indecisión acerca de su muerte pero ya es momento de ponerse un objetivo, de aplicar las aptitudes aprendidas en este lugar y encarar con actitud valerosa su futuro. Y la mejor forma de demostrarle a Opisthocoelicaudia y a ustedes mismos, que han superado su vacilación, es partir en grupo, ahora ya, a suicidarse en masa en los acantilados. ¡Será tan hermoso!

No comprendo. Esta mujer quiere que nos matemos todos de la misma forma y en este instante.

-Disculpe, ¿de qué habla?

-¿No entendiste? Todos morirán en el acantilado.

-¿Ahora?

-Obvio, este taller está dirigido a “rezagados” que no han podido tomar su decisión. Es por ello que la mejor forma de aprobarlo es muriendo de inmediato. ¿Acaso estás dudando?

Todos me observan horrorizados. Incluso quienes me tomaron de las manos me las sueltan.

-No, obvio que no. Jamás me echaría atrás…

Vuelvo a sentir manos aprisionando las mías.

 -Pues bien, ya que veo están todos dispuestos, quiero que me hagan una fila. Yo los guiaré hacia su liberación.

Entramos en el bosque. Delante mío va una chica joven de no más de dieciséis años. De pronto, me siento incómodo. Observo hacia atrás. Quien va pisando mis talones es el payaso con el que había compartido en el otro taller. No sé de dónde apareció. Ahora su rostro me parece perverso. Mientras avanzamos observo la belleza del lugar, la paz que se respira a pesar que la muerte está por doquier: cuerpos descompuestos que cuelgan, riachuelos de sangre estancada, cráneos, vísceras y huesos que decoran el suelo. No importa. Como sea, Opisthocoelicaudia ha sido el mejor lugar en el que he estado toda mi vida. Podría despertar cada mañana, ir a saludar a la chica emo e inscribirme para algún taller. ¿Acaso nadie se ha dado cuenta que podríamos eternizar este sitio? ¿Por qué no disfrutarlo hasta que muramos por causas naturales? La fila se detiene. Se escucha un grito. Entonces la chica de adelante avanza un par de pasos y yo la sigo. Detrás de mí el payaso ríe. ¿Y si gritase y les dijese a todos mi idea? No sería malo. Yo mismo dirigiría un taller sobre mi pasión: los origamis. ¿No sería genial vivir haciendo lo que te gusta? La chica de delante mío desaparece en el vacío. Avanzo un paso. Ahí está el acantilado. Siento vértigo. La profesora me observa a un lado con una sonrisa maternal.

-Escuche, necesito decirles algo…

Entonces siento un empujón y luego la risa del payaso. Mientras caigo, pienso en una sola cosa: en el rostro compungido del hombre cuando me negué firmarle su camiseta.


Rodrigo Torres Quezada
Rodrigo.torresq28@gmail.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: