Causa y efecto de una mente ignorada

Era una de esas noches donde las luces que entraban por la ventana parecían reflectores incandescentes; toda su habitación se teñía de un color naranja fuerte, o bueno, fuerte para ella, fuerte ese día, en realidad la luz era la misma que entraba todas las noches, la misma que la dejaba dormir otros días, solo que era una de esas noches, una de las que ella prefería ignorar. Ya había intentado todos los remedios caseros para el insomnio, por lo general le duraba un par de días, sin embargo, llevaba una semana sin dormir, y todo el fin de semana había tenido una sensación de nervios, sus manos tenían un leve temblor y cada vez que miraba a la derecha sentía un jalón en la nuca. En parte tenía miedo de quedarse dormida, cuando vivía con su mamá tuvo varios episodios de sonambulismo, y recuerda que empezaron con una sensación parecida a la que ha tenido los últimos días, ahora que vive sola, un episodio de estos sería peligroso. 

Se levantó tan pronto empezó a ver las primeras luces de la mañana, ese momento donde no es de día, ni es de noche, solo se logra ver una línea blanca en el horizonte. Un cigarrillo en la ventana para calmar los nervios antes de empezar una nueva semana, otra de sus tácticas para calmarse que tampoco funcionó, lo único que podía ayudarle era salir del encierro en el que se convertía su casa y tratar de ignorar lo que pasaba por sus oídos y su imaginación. Cuando terminó de fumar arrojó la colilla por la ventana al techo de su vecino y sin querer le cayó a una paloma, el animal volteó a verla, «¡Qué extraño!» pensó, «parece que me estuviera mirando fijamente». 

«Pedazo de mierda inservible».

Escuchó decir a la paloma. Por un momento se quedó estupefacta, con la mirada puesta en el ave, sin poder moverse, hipnotizada por los pequeños ojos de ese animal llenos de rabia; ella podía sentir la ira con la que la paloma la veía, y en el fondo estaba esperando que le hablara de nuevo, quería saber si fue real lo que oyó. Después de un momento, la paloma simplemente alzó vuelo y se fue. 

Cada vez que no podía dormir bien o estaba muy cansada empezaba a oír cosas, siempre había pensado que era normal y que a todos les pasaba igual después de un poco de insomnio, nunca lo había hablado con nadie, prefería ignorar ese tema, la verdad es que le daba miedo el hecho de que pudiera encontrar algo que no la hiciera «normal».

Decidió que era mejor salir a dar un paseo, el viento de la mañana le ayudaría a despejar la mente y tal vez podría regresar a descansar; se puso la misma ropa que había usado el día anterior y salió a caminar. Tenía un recorrido que siempre hacía entre algunas cuadras que para ella eran las más bonitas, llenas de árboles y prados verdes. No había nadie en la calle, y en medio del silencio de los autos apagados y las personas dormidas, los humildes sonidos de la naturaleza estaban masacrando la cabeza de la joven, el canto de los pájaros la hacía desorientarse, sentía que venían desde todas partes y en cualquier dirección; sus pies podían sentir cada piedra y cada hendidura del suelo, a pesar de llevar puestas unas botas con suela bastante gruesa. Comenzó a caminar más rápido sin mirar hacia donde iba, se detuvo por un momento para recuperar el aire, pero nada a su alrededor lo hizo, toda superficie donde ponía la mano se deformaba, los colores se hacían irreconocibles. Debía tomar una pausa, sentarse un momento y respirar. 

Logró bajar unas escaleras hasta llegar a un parque, se sentó en una silla de madera y enterró la cara en sus manos mientras se concentraba en desaparecer esos ojos y esos susurros que la perseguían. Pasados un par de minutos, los susurros desaparecieron, solo quedaba la voz de una mujer mayor, era comprensible a diferencia de lo que había venido escuchando mientras caminaba por el bulevar. Abrió los ojos y notó que la voz provenía de una señora, parada frente a ella pidiéndole algo con mucho afán; le costó unos segundos entender qué pasaba, la señora le estaba pidiendo dinero, pero lo hacía de una forma agresiva. 

—Deme plata. 

—¿Qué? —respondió la más joven.

—¡Deme plata! —repitió la mujer. 

—¿Dónde estamos? —preguntó la joven, detallando bien el lugar donde se había sentado. 

—¿Estás escuchando voces otra vez? … Marcela. —Se oyó decir a una voz seca y arenosa que venía de la mujer. 

—¿Qué dijo? —preguntó asustada. 

—¡Qué me de plata! ¿Está sorda? —respondió la mujer, esta vez con la voz gruesa y gastada con la que habló al principio. 

Los ojos de la mujer más joven se movían frenéticos de un lado para otro, en menos de un segundo observaron todo el parque y cada centímetro de la anciana, mientras su cabeza hacía un esfuerzo por comprender qué había pasado, quién le había hecho esa pregunta y cómo había llegado ahí. 

—¿Está drogada? —Preguntó la vieja.

—¿Drogada? ¿cómo se le ocurre? —respondió ofendida—, váyase, déjeme sola. 

—Deme plata y me voy. 

—No, no, no tengo. —La joven se levantó de la silla, pero sus piernas se sintieron temblorosas. 

—Entonces deme otra cosa. —Dijo la mujer mayor, agarrando a Marcela por la manga de la chaqueta. 

—¡No tengo!

La mujer atrajo a la joven a su cuerpo y con la otra mano le enseñó una navaja pequeña y manchada. Marcela bajó la cabeza para ver qué le punteaba un poco el abdomen, por un momento el pequeño metal se derretía fundiéndose con los dedos de la mujer y con su brazo formando una gran hoja afilada, como una espada que le chuza con fuerza.

—Necesito algo, cualquier cosa. —insistió nuevamente la señora, desesperada—.  O si no, le entierro esto. 

La joven vuelve la mirada al rostro de la señora, sus ojos grandes y sus párpados colgando le trajeron de vuelta a la realidad. Con un paso atrás intentó zafarse de la mano de la vieja, pero ella la jaló de la chaqueta de nuevo, Marcela la empujó con ambas manos; sujetadas la una a la otra perdieron el equilibrio y cayeron al suelo.

Por lo que pareció un par de segundos todo fue oscuridad para la joven, cuando abrió los ojos, estaba corriendo con todas sus fuerzas alejándose del parque; al voltear la esquina se detuvo, su respiración estaba agitada y los músculos de sus piernas ardían. Decidió mirar con cautela para ver si la seguía, pero no, pensó que tal vez la mujer también había huido; descansó por lo que para ella fueron varios minutos, pero antes de seguir algo la detuvo, una necesidad por mirar al parque le hizo devolver los pasos, aún tenía miedo. Esperó a que en su reloj pasaran exactamente dos minutos y asomó la cabeza por la pared de la esquina; sus pupilas se dilataron tan rápido que sus ojos se helaron con el fuerte viento de la mañana, su respiración se detuvo y cada centímetro de su cuerpo entró en pánico.

La anciana se estaba levantando del piso, esta vez estaba frente a otra mujer, más joven, de la misma estatura que Marcela, su pelo se veía sucio y su ropa estaba desgastada; al parecer la anciana había querido hacerle a esa chica lo mismo que le hizo a Marcela; sin embargo, la más joven tenía en su mano la pequeña navaja sucia y tan pronto la más vieja se puso de pie completamente, le aventó una puñalada en el abdomen, ambas se quedaron estáticas como si en el momento una lo contemplara mientras la otra  distingue lo que acaba de pasar; con sevicia la más joven emprende una serie de puñaladas imparables. Marcela estaba estupefacta. «¿Es real? ¿está pasando de verdad?», pensó por un momento antes de ver cómo la joven pasó la pequeña navaja por la garganta de la anciana; el cuerpo cayó con fuerza, y un golpe seco se oyó dar a la cabeza cuando pegó contra el suelo. 

Marcela jadeaba fuertemente, la respiración le faltaba y no sabía qué hacer, «¿En qué momento todo esto había pasado?» se cubrió la boca al darse cuenta que estaba haciendo mucho ruido, un minuto después y más calmada, notó que todo estaba en silencio, creyendo que tal vez la asesina se había ido, decidió asomar la cabeza por el borde de la pared. La cara redonda de Marcela se desdibujó, sus cejas se juntaron en el centro y se levantaron juntas, sus ojos duplicaron su tamaño y los orificios de su nariz se expandieron junto con su boca; la mujer aún tenía la pequeña navaja en la mano, goteando sangre mientras se acercaba, sus ojos oscuros se clavaron en los llorosos de Marcela y su cuerpo hizo un movimiento hacia adelante; Marcela reaccionó y salió corriendo con todas sus fuerzas, sin mirar atrás; no paró hasta que había recorrido cinco cuadras, se detuvo en el poste de una esquina y volteó a ver, no había nadie en la calle, nadie la estaba siguiendo. 

Por un momento se sintió aliviada, ya había salido de ese raro episodio. Después de recuperar el aire, continuó su camino, a esa hora la calle ya estaba viendo toda clase de rostros, lo curioso era que todos los rostros apuntaban a ella, como si solo su caminar o su presencia llamara la atención de todos; incómoda, empezó a acelerar el paso, solo le faltaban un par de cuadras para llegar a su casa, así que para evitar más miradas decidió caminar por detrás de un edificio, por un angosto callejón que la dejaba justo al frente de su casa. 

Con dudas pone un pie en el cemento mojado del callejón, a su derecha había una reja y una cerca de árboles, a su izquierda un muro mucho más alto que ella, lleno de grafitis y papeles pegados; «es temprano en la mañana», pensó, reafirmándose la poca probabilidad de ser atacada como en el parque, u observada como en su camino hasta ahí. Caminó con seguridad, pero tan pronto dio una pequeña curva, vio a una mujer venir hacia ella, por un segundo dudó en seguir o regresar, pero decidió seguir su camino, «no hay peligro», se repitió varias veces; subió sus brazos para recogerse el cabello y notó que la mujer que venía también lo hizo, era como si imitara sus movimientos, unos pasos más adelante y vio que tenía una ropa parecida a la que ella llevaba puesta, ambas tenían una chaqueta larga verde militar, un jean azul oscuro y unas botas, pero había algo diferente en lo que la otra estaba usando, estaba manchada de sangre, desde arriba de las rodillas, sus brazos y su abdomen estaban cubiertos por sangre que aún goteaba; cuando estaban lo suficientemente cerca como para distinguirse los rostros, Marcela subió la mirada y se encontró con su propia cara, mirándola con una suave sonrisa dibujada, pero sin detenerse; el aire le faltó, estaba viendo su rostro redondo, sus cejas delgadas, sus ojos oscuros y su nariz respingada sonriéndole, burlándose de ella con tanto cinismo. Ambas se cruzaron frente a frente y siguieron mirándose mientras caminaban, Marcela se tropezó y por poco se cae. 

—¿Está bien? —oyó preguntar a su doble por encima del hombro. 

Volteó a verla con determinación, como quien enfrenta una pelea con valentía, pero era otra mujer, su ropa sí era parecida, pero no había manchas de sangre, y su rostro era completamente diferente, su piel más oscura y con ojos claros, lo opuesto a Marcela. «Puedo jurar que tenía mi cara», pensó mientras se puso de pie. 

—¿Segura que está bien?, déjeme ayudarla —insistió la otra mujer. 

—Estoy bien, gracias. —Respondió Marcela acelerando el paso. 

Podía sentir la mirada de esa chica en su nuca, trató de recordar el nombre de ese sentido del ser humano, pero la estaban observando mientras se alejaba y eso la ponía muy incómoda, no podía pensar en nada más. 

Al llegar al final del callejón, junto a la vitrina de una panadería, se detuvo a mirar hacia atrás, la chica aún la observaba. «Escopaestesia» se dijo recordando el nombre de ese sentido que le permitió saber que era observada; un escalofrío le recorrió la espalda así que prefirió seguir caminando, estaba a punto de llegar de todas formas. 

Giró y por la esquina del ojo vio su reflejo en el vidrio de la vitrina, sintió que el mundo se le redujo, se sintió apretada y empujada en todas las direcciones, volteó a ver y la chica ya no estaba, estaba sola con su reflejo real, cerró los ojos, «¿Cómo estaba vestida la chica?» se repitió un par de veces, hasta que la imagen se armó en su cabeza, llevaba tenis, un jean oscuro, una blusa blanca y una chaqueta verde, no estaban vestidas iguales, «entonces, ¿quién …?». Enfocó la mirada en su reflejo y vio que era ella quien estaba manchada de sangre, desde arriba de las rodillas hasta su pecho, sus manos estaban rojas y aún se deslizaban pequeñas gotas de sangre entre sus dedos. Lágrimas de confusión comenzaron a salir de sus ojos, temblorosa cruzó la calle con rapidez para no llamar la atención, se limpió las manos con la chaqueta para no manchar la puerta mientras la abría y subió los tres pisos hasta su apartamento, cerró con fuerza y echó doble llave. 

«¿Qué putas está pasando?»

Corrió al baño, encendió la luz y pudo verse en el espejo, estaba peor de lo que pensaba, su pelo estaba enredado con hojas y palos, la chaqueta estaba con manchas de tierra, al igual que sus rodillas y caderas. Como pudo logró quitarse la ropa llena de sangre y se metió a la ducha, a pesar del agua caliente, todo su cuerpo temblaba de miedo; estaba actuando por inercia, no sabía lo que estaba pasando ni cómo llegó tanta sangre a su ropa, se revisó por todas partes, pero tuvo que concluir que esa no era su sangre. 

Frente a la lavadora, comenzó a arrojar cada una de las prendas manchadas, cuando tomó la chaqueta sintió algo en el bolsillo, metió la mano y tocó un objeto mojado; un nudo en la garganta cayó dejando un vacío en el estómago, en sus manos tenía la pequeña navaja que usó la vieja del parque para intimidarla, algo había pasado, pero no sabía qué, había algo que no estaba recordando, tanta incertidumbre le estaba quitando el aire; decidió salir de nuevo y tratar de encontrar lo que olvidó. 

Las calles estaban llenas de pasos y palabras, todo a su alrededor tendía a encerrarse de nuevo, pero Marcela respiraba profundo y trataba de mantenerse en el «aquí», como ella le decía, si era necesario se restregaba los ojos o se sacudía los oídos, cualquier cosa que le permitiera seguir en «control». Se tomó todo el tiempo que quiso para llegar hasta el parque, se detuvo en la última cuadra, justo donde se había escondido, cerró los ojos y tomó una bocanada de aire. Cuando giró la esquina vio a un montón de personas aglomeradas, de inmediato sintió su pecho estrecho, sus pulmones parecían sumergidos bajo el agua y sus dientes se apretaron con fuerza, aun así, decidió ver por sí misma. 

Los ojos de la mujer anciana aún estaban abiertos mirando directo hacia arriba, su boca estaba casi abierta y toda la garganta expuesta, su pecho y abdomen aún botaban sangre; Marcela solo pudo cubrirse la cara de horror. La multitud creció rápidamente, un par de hombres vestidos con overoles blancos comenzaron a dispersar a la gente, varias personas empujaron a Marcela, la algarabía la mareaba un poco, pero debía hablar con alguien, contarle lo que había visto; un hombre alto y grande que estaba junto a ella se movió permitiéndole ver el resto de la escena: a unos metros estaba la mujer joven, la mujer que ella había visto atacar a la anciana, pero se veía diferente, no tenía ese aspecto desarreglado ni estaba sucia; Marcela se movió entre las personas hasta que se acercó lo suficiente, la chica al igual que la anciana estaba llena de puñaladas en el pecho y el abdomen, y su garganta también estaba abierta de lado a lado. 

Otras personas reaccionaban al ver el cuerpo de la joven y hablaban de él, o sea que era real lo que estaba viendo Marcela, no era una alucinación. Un par de lágrimas cayeron justo por la mitad de sus mejillas, sus manos empezaron a temblar incontrolablemente, y la fuerza en sus rodillas falló, uno de los hombres de blanco la alcanzó a sostener antes de que tocara el suelo; sin importar a donde mirara nada se quedaba quieto, todo se movía tremuloso; puso sus manos a los lados de su cabeza tratando de hacer que parara, pero eran sus ojos los que se desorbitaban. Todo se hizo negro.

A lo lejos se oían unas voces con eco, mientras la joven abría los ojos lentamente, las voces se hacían más claras, venían de un parlante y llamaban con urgencia los nombres de personas. Con tranquilidad se incorporó y abrió los ojos por completo, estaba en la cama de un hospital, tenía suero conectado a su antebrazo derecho y unas esposas amarradas a la cama en su muñeca izquierda, a cada lado colgaban cortinas azul oscuro y frente a ella había un hombre vestido de policía sentado en una silla de plástico con un computador en sus piernas, en su pecho se veía su apellido: Ciro.

—¿Dónde estoy? —Preguntó desorientada. 

—Está en el hospital Santa Mónica. —El teniente de la policía se puso de pie y tranquilamente se paró junto a la cama de Marcela. —¿Quién es usted? —Su mirada, aunque tranquila era inquisitoria.

—¿Por qué estoy esposada?, ¿Quién es usted? —Estaba asustada, ella no había hecho nada como para estar esposada a una cama.

—¿Con quién estoy hablando? ¿Cuál es su nombre? —dijo el teniente con la misma mirada de falsa tranquilidad, pero alzando su tono de voz.

—Me llamo Marcela Gómez Patiño. —Respondió nerviosa. 

Al oír su nombre, el policía salió inmediatamente por entre las cortinas, pocos segundos después, reapareció con la misma actitud. 

—¿Qué es lo último que recuerda? —Se acercó tranquilamente y retiró las esposas de su muñeca.

—Recuerdo que estaba mirando el cuerpo de una chica en el parque. —Al decir esto, un escalofrío le recorrió la espalda. 

—¿No recuerda nada más? —Preguntó Ciro.

—No. Nada más.

—Usted se acercó a uno de los forenses y le dijo que sabía lo que había pasado ahí. Luego habló por unos segundos antes de desmayarse. ¿No recuerda eso?

—No, no recuerdo eso —el hombre le generaba una sensación de miedo, la hacía sentir incómoda. 

—¿Qué recuerda entonces? 

En ese momento una mujer se asoma entre las cortinas; lleva puesta una bata blanca y un vestido de flores, en sus brazos carga una tableta electrónica. 

—Ella es la doctora Juliana, está aquí para ayudarla. —dijo amablemente el teniente. 

La doctora sonrió ampliamente y se sentó en el borde de la cama. 

—¿De qué estaban hablando? —pregunta la mujer con una dulce voz. 

—La señorita Marcela nos va a contar qué es lo que recuerda antes de desmayarse en el parque.    

Marcela se tomó un momento, pero sin dudarlo les contó todo lo que pasó, desde que salió de su casa temprano en la mañana, hasta que corrió entre cuadras para huir del lugar; omitió la parte del callejón y lo que pasó de regreso en su casa, pensó que era demasiado confuso para ella misma y así de complicado sería de contarlo, aunque ella estuviera segura de que solo fue la espectadora de un horrible homicidio. 

Al terminar su declaración, la doctora y el teniente intercambiaron miradas por un momento, luego Ciro habló: 

—Usted dice que luego de que la señora y usted cayeran al suelo, usted simplemente se levantó y salió corriendo, ¿verdad?

—Sí —respondió Marcela, sin saber por qué le preguntaba por algo que acababa de contar.

—Marcela —dijo la doctora—, tú has estado en este hospital los últimos tres días, hoy es jueves. 

—¿Estuve inconsciente estos tres días? —Ella creía que solo habían pasado horas desde el incidente del parque. 

—No precisamente. Tú ya habías hablado con nosotros. 

Las palabras de la doctora la confundieron, era la primera vez que ella veía las caras de estas personas, pero la mujer estaba asegurando que ya habían hablado. 

—Usted despertó el lunes en la noche y tuvo un … ataque, los médicos tuvieron que dormirla. —Dijo el teniente, su expresión había cambiado, ahora hablaba con un poco de incomodidad—. El martes en la mañana usted despertó de nuevo y habló con nosotros. 

—¿Qué?, no recuerdo haberlos visto antes —Marcela tomó una pausa para hacer memoria, ¿cómo era posible que algo así se le olvidara? —. ¿Qué les dije? ¿De qué hablamos?

—Nosotros grabamos la conversación. ¿Te gustaría oírla? —dijo la doctora, mientras revisaba la tableta.

—Sí, por favor. 

Una vez más, el teniente y la doctora intercambian miradas, luego de una forma muy ceremoniosa la doctora presiona reproducir; es la voz de Marcela, pero en un tono más alto, más suave: 

—Nos llamaste, ¿de qué quieres hablarnos? —Se escucha la voz de la doctora Juliana. 

—Debí haber hecho algo, pero no pude, él es muy fuerte. —Marcela se oye muy diferente a cómo recordaba haber oído su voz antes, la voz es suave y dulce—. Él esperó que alguien llegara a ayudar a la señora. No tuvo que esperar mucho, la muchacha llegó al minuto, nosotros estábamos escondidos, cuando ella nos vio nos llamó para que le ayudáramos; estaba muy asustada porque sabía lo que él le quería hacer a ella. —La voz se rompió y la persona que hablaba con la voz de Marcela comenzó a llorar muy fuerte—. Y … y … y cuando estábamos frente a ella, él … él la atacó. Yo no pude hacer nada. —Por un momento solo se oyeron llantos y gritos. 

—¿Mejor? —se oye a la doctora. 

—Sí 

—¿Cuál es tu nombre? 

—Me llamo Silvia —se oye decir en la grabación. 

Marcela alzó la mirada con confusión. 

—¿Quién es Silvia? creí que era mi voz, que era yo. —Sonrió suavemente, pero el teniente y la doctora no lo hicieron, solo compartieron miradas una vez más. 

—Es usted —dijo Ciro— cuando recogimos sus documentos vimos que su nombre es Marcela, no Silvia. 

—Después de decirnos ese nombre, quedaste dormida inmediatamente. Simplemente cerraste los ojos y no volviste a despertar hasta ayer. —La Dra. Juliana se veía más tensa y preocupada. 

—No recuerdo nada de eso, ni siquiera recuerdo nada de lo que esa mujer Silvia dijo. —Marcela no encontraba explicación. Sí, era su voz, pero nada más tenía sentido. 

—Trata de calmarte. —dijo la Dra.

Después de unos minutos, Marcela recordó que le dijeron que había despertado el día anterior. 

—Ayer cuando desperté … ¿También hablé?

—Sí —le respondió Ciro—, también grabamos la conversación.

—¿Qué dije? —Las caras de preocupación se dibujaron en los rostros de la doctora y el teniente, él agachó la cabeza y le dejó la tarea a ella. 

—Ayer tú confesaste el asesinato de ambas mujeres. —Dijo rápidamente la doctora.

Por un momento Marcela pensó en reírse, incluso sintió como sus labios hicieron un suave esfuerzo, «¿cómo podrían decir algo así? no tenía sentido», ella sabía muy bien lo que había pasado. Tal vez todo era una especie de conspiración, no habían encontrado al culpable y querían incriminarla; «no hubiera dicho nada», ella solo fue testigo, no la culpable. 

—Pongan la grabación —Pidió Marcela. 

La Dra. Juliana dudó por un segundo, pero comenzó a buscar en los archivos de su tableta. 

—¿Tú dices no recordar nada?

—Estaba en el parque, y luego aparecí acá. Es lo último que recuerdo, en serio. —Un leve dolor de cabeza la empezó a atacar. 

—Ok.

El audio comenzó a reproducirse, una tos seca se oyó al principio, luego la voz del teniente se hizo clara.

—Ayer hablamos, ¿lo recuerda?

—Hablamos, pero no habló conmigo. —La voz era sin duda de Marcela, pero se oía carrasposa, seca y gruesa, como si tratara de imitar a un hombre de voz grave.

—¿Qué quieres decir, ¿con quién hablamos entonces? —se oyó a la doctora preguntar. 

—Con Silvia. 

—¿Usted no es Silvia? —se escuchó al teniente.

—No, JA JA JA —Su risa era aún más horrible que la misma voz. 

—¿Quién es la persona que está hablando? —preguntó Marcela, su cuerpo se había recogido y estaba abrazando sus rodillas. 

—Es usted Marcela.

—La voz que estamos escuchando provenía de ti. —La doctora le pasa un vaso de agua y ella bebe, por un momento se quedan en silencio. 

—¿Creen que yo maté a esas mujeres por mi voz en la grabación? —Preguntó la joven, recomponiéndose.

—Tú confesaste y confirmamos todo lo que nos dijiste con los videos de vigilancia. —La mirada de la Dra. Juliana se puso muy seria, sus dedos se tocaban mucho entre sí, y el teniente no dejaba de mover el pie—. Todo está transcrito en este documento que debes firmar. 

—¡No pienso firmar nada! Quiero oír el resto. Quiero oírme confesando. 

La doctora dudó nuevamente, su miraba iba desde el policía a la tableta. 

—Tal vez, solo el final. —Dijo finalmente Ciro.

La doctora adelantó la grabación, partes de voces, palabras y gritos se alcanzaron a oír mientras buscaba el punto que quería mostrarle. El audio comenzó de nuevo, la voz que provenía de Marcela pasó de la risa a una tos seca y gangosa. 

—¿Por qué? —se oyó a la doctora, su tono de voz mostraba agitación. 

—Porque sí, porque pude. —La voz deformada de Marcela en la grabación también se oía agitada—. La vieja nos atacó, ¿quién nos hubiera defendido? ¿Marcela? —soltó una carcajada repentina que hizo que los tres dieran un salto. La grabación continuó—. Ella no puede hacer nada sola, no puede cuidarse, no puede ni alimentarse sola, por eso nos necesita. 

—¿Y Silvia? —preguntó la Dra. Juliana en el audio.

—Silvia no puede cuidar ni mierda. A ella le gusta cocinar, dice que nos relaja.

—¿Por qué la otra mujer? Ella no atacó a … Marcela —La voz del teniente Ciro en la grabación se oía cansada. 

—¡Suélteme y le digo! —por un momento no se oye nada—. Digamos que me dejé llevar. Me asusté cuando la vi ahí. Fue una reacción repentina, nadie es culpable de esas cosas, no sabíamos cómo íbamos a reaccionar.

Ahí paró la grabación. 

—No entiendo —dijo Marcela—, eso no quiere decir que yo lo hice, esa persona no era yo, la persona que estaba hablando no era yo —su tono de voz se hizo más fuerte y comenzó a hablar más rápido—. No han encontrado al asesino y me quieren culpar ¿cierto? 

—Marcela cálmate, ¡cálmate! —repetía la doctora—. Si no firmas la declaración no podremos empezar tu tratamiento, el juicio se tardará mucho y mientras tanto te enviarán a la cárcel; tú debes estar en un lugar especial para tratar tu condición. 

—¿Condición?, yo no tengo nada, ustedes me están culpando de algo que no hice. 

—Usted sí lo hizo señorita, —dijo el teniente.

—Muéstrenme el video entonces —Exigió la joven.

Esta vez sin dudarlo, la doctora buscó en su tableta y segundos después se la entregó a Marcela, tuvo la intención de decirle algo, pero no lo hizo. La joven tomó el aparato y reprodujo el video tan rápido como pudo: 

La grabación se veía en blanco y negro, los movimientos de las personas no eran fluidos, se veían cortados y robóticos. La cámara estaba ubicada en un poste al lado de las escaleras que conducían al parque, desde allí se vio llegar a Marcela y sentarse en una banca, al rato se vio a la mujer anciana acercarse a ella, por un par de segundos se queda mirándola, buscándole la cara; se ve como ambas hablaron, discutieron, forcejearon y cayeron al suelo; hasta ahí genuinamente recordaba Marcela, luego con sorpresa vio realmente lo que pasó. Ambas trataron de levantarse, pero la joven empujó a la vieja de nuevo al suelo mientras se ponía de pie, cuando la anciana se levantó, el video mostró cómo Marcela le clavó las puñaladas en el abdomen, la mujer trató de huir, pero la joven la tomó del brazo, la jalo hacia ella y le cortó la garganta; el cuerpo poseído de Marcela miró en todas las direcciones, luego se agachó y continuó apuñalando la anciana sin vida. De repente se le ve mirando hacia atrás muy rápido y salió corriendo; el vídeo cambió la cámara, ahora se veían solo las escaleras y muy poco del parque, una chica iba bajando pero se detiene súbitamente, por varios segundos se queda mirando hacia donde estarían Marcela y su víctima, bajó con prisa; la cámara en el video cambió de nuevo mostrando a la chica acercándose al cuerpo de la anciana, luego su rostro apuntó al frente y por un momento su boca se movía, el cuerpo con sangre de Marcela entró al cuadro y la chica comenzó a correr, su rostro de pavor miraba la cámara de las escaleras, torpemente empezó a subir de nuevo, pero con mucha agilidad el cuerpo de Marcela la alcanzó y justo al borde de la pantalla se vio como le pasó la pequeña navaja de un lado a otro en la garganta, la chica se desgonzó y el cuerpo de Marcela dio un paso al lado, dejándola rodar. 

La Dra. Juliana detuvo el video esperando la respuesta de Marcela, pero ella no reaccionaba, tardó un rato en tan solo cambiar de posición sus piernas, su mente estuvo divagando entre recuerdos y pensamientos, trató de buscar la verdad, pero no podía recordar nada. 

—Esta es tu declaración —dijo la doctora—, todo lo que está en los audios y en el vídeo aparece acá. Necesito que lo firmes. 

—¿Voy a ir a la cárcel? —Preguntó la joven, ya había aceptado que era ella la del vídeo. 

—No si firma la declaración —respondió Ciro—, la doctora cree que por su condición usted debería estar observada. 

—Queremos ayudarte y queremos que nos ayudes a entender la gente como tú. —Añadió la doctora.

 —¿Condición? ¿Gente como yo? 

—Gente con más de una personalidad. 

Marcela comenzó a llorar, la doctora le empezó a decir palabras para tranquilizarla, pero su llanto fue creciendo, cada vez era más fuerte y desesperado. Juliana y Ciro se miraban preocupados mientras ambos trataban de mantener a Marcela calmada, pero el shock era demasiado para la joven, en medio de su desesperación solo se podía repetir lo que sabía, que ella o las otras personas que tiene adentro habían asesinado, y lo peor era que creía que lo habían disfrutado; «pero tú eres inocente, no tienes por qué pasar el resto de tu vida encerrada por algo que no hiciste; eso lo hizo él, no nosotras». 

La doctora trató de calmarla mientras que el teniente sacaba las esposas del bolsillo, luego agarró la muñeca de Marcela y antes de ponérselas ella habló, solo que no era Marcela, era la voz grave y seca.

—No me gusta estar amarrado.  De un solo movimiento saltó sobre el teniente Ciro, ambos cayeron al suelo y comenzaron a rodar desesperadamente, no fue hasta que la Dra. Juliana vio sangre que comenzó a pedir ayuda; afuera del cuarto hecho de cortinas azules, enfermeros, doctores y más policías llegaron a ayudar, pero tan pronto entraban salían gritando, asustados o simplemente no eran capaz de pasar de las primeras cortinas, algunos salieron corriendo con arcadas y gestos de vómito. Todo el hospital entró en alerta, hasta que el ruido se vio callado por cinco disparos que venían del cuarto hecho de cortinas, nadie sabía lo que había pasado y estaban muy asustados para entrar; todos en el hospital estuvieron inmóviles frente al azul de las cortinas por unos minutos, hasta que finalmente entre carcajadas cayeron al suelo develando el horror que causó aquella mente ignorada.

Sebastián Hernández

sebas.hernandez33@gmail.com

Colombia.

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